El Abismo Entre Cielo e Infierno

(Seapadre homilia, XXVI-C)
"Se ha establecido un abismo entre ustedes y nosotros, para que los que quieran pasar de aquí para allá no puedan hacerlo y que no atraviesan támpoco de allá hacía nosotros." (Lk 16:26)

Quiero hablar este domingo de una enseñanza dura. No es algo que yo inventé ni la Iglesia, sino es palabra de Jesús mismo. Estoy hablando de lo que Jesús nos ha enseñado sobre el cielo y el infierno. Dice que, a pesar de la confusion de esta vida, al final de las cuentas habrá una separación. Estamos acostumbrados a ver a cada ser humano como una mezcla de bien y mal. Algunos tienen mucho bien y poco de mal y otros mucho mal y una gotita de bien. Pero Dios ve más profundamente al alma. La persona que parece muy buena quizás está mano a mano con el diablo. Y el hombre corrupto posiblemente está experimentado una conversión dramática en su interior. Las decisiones que hacemos ahora nos llevarán a la unión eterna con Dios o la separación eterna de él. Y el momento clave es cuando morimos.

San Francisco de Asis describe esta decisión en los últimos versículos de su Cántico al Hermano Sol y la Hermana Luna. Después de alabar a Dios por las cosas que ha creado, San Francisco expresa su gratitud a Dios por la muerte física.

Alabado seas, Señor, por nuestra hermana, la muerte,
de quien nadie viviente puede escaparse.
Ay a los que mueren en el pecado mortal!
Felices los que ella encuentra haciendo tu voluntad.
La segunda muerte no les puede tocar.

La muerte encuentra a cada persona en el estado de pecado mortal o en el estado de gracia (haciendo la voluntad de Dios). Es difícil realmente enfrentar esta realidad. Una vez visité a un paciente en el hospital. Me habló con muchos detalles sobre su enfermedad y el progreso de ella. Casi con orgullo mencionó los tratamientos médicos que había recibido. Esperaba que los doctores todavía iban a salvar su vida, pero hasta ahora los resultados no fueron buenos. Le pregunté como se sentía de la muerte, si estaba preparado para morir. "Oh, sí," me dijo como si fuera la mínima cosa. "¡Ya he hecho mi testamento!"

Como muchas personas hoy en día, este hombre no tenía ningún pensamiento serio sobre la muerte y la posibilidad de la vida después de ella. Para él las maquinas que registrarons sus señales vitales eran más importante de los que pasaría cuando ellas pararon. Me hizo reflexionar que ese hombre tenía, en su misma persona, las dos personajes de la párabola de hoy: el rico y Lázaro. En un nivel era un hombre rico, rodeado de muchas cosas caras e impresivas. Pero en otro nivel--un nivel mucho más real--era Lázaro: lleno de enfermedades y esperando unas migajas. La pregunta es, ¿Quién sería su "yo" verdadero? ¿El hombre rico y ciego a causa de sus riquezas? ¿O Lázaro que reconoce su dependencia total?

Para tí, hermano, y también para mí, es la pregunta más importante. En un sentido es la única pregunta. Una forma de expresarla: ¿Voy a llegar a nuestro puerto o naufragar? Me acuerdo una vez que pescaba en un barco pequeño con mi hermano. De repente nos encerró una neblina densa. No podíamos ver la orilla ni las rocas grandes cerca de ella. Finalmente vimos un faro que nos ayudó a llegar a un lugar seguro. Nuestra vida a veces parece como ir en una neblina. Es la luz de Cristo, de su palabra, de su Iglesia, que puede guiarnos.

Es cierto que en esta vida estamos rodeados de neblina. Y sabemos que hay personas que aprovechan de ella--para robar, mentir, abusar de otras personas. Su camino es hacía el infierno. Pero también hay ellos que a pesar de la neblina siguen buscando su casa verdadera--que es el cielo. En el momento de la muerte la neblina se desaparecerá y veremos las cosas como realmente son. Las cuatro cosas últimas son: muerte, juico, cielo y infierno (ver Catecismo 1020). Cuando morimos, habrá el juico: cielo o infierno.

Al hablar del infierno y el cielo, quisiera aclarar algo. El juico defínitivo no viene hasta el momento de morir. Lo digo proque hay muchas personas que ya se han asignado a si mismos al cielo o al infierno. Sobre los que piensan que sin duda irán al cielo solamente voy a decir, No presumir. San Pablo mismo dice que presume, sino tiembla pensando que tal vez después de predicar a otros, él se puede perder.

La presunción es un gran error, pero estoy más preocupado del error de la desesperación. Hay personas que están convencidas de ser perdidas, que no hay esperanza para ellos. En mis años como sacerdote he encontrado algunos que creen que habían cometido el pecado imperdonable. Quizas un acto de blasfemia o sacrilegio. O tal vez el pecado de adulterio o sexo degenerado. Pero lo más común hoy en día es la mujer que ha procurado un aborto. A causa de haber matado a su propio hijo, ella concluye que está condenada eternamente. Este domingo tenemos aquí en Holy Family una señora que ha luchado contra este tipo de desesperación. Su testimonio no es solamente para la mujer que ha abortado a su niño, sino para todos nosotros. Mientras estamos en este cuerpo, siempre hay esperanza. Jesús puede sacarnos del abismo y llevarnos a la casa del Padre. La señora que está aquí trabaja con lo que se llama el Proyecto Raquel--es para la sanación espiritual y emocional después del aborto. Les pido que le den su plena atención y una calorosa bienvenida.

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