El padre Bernardo Byrne, sacerdote de Maryknoll en Perú, nos da un lindo cuento de Navidad. Una vez observaba una niña de nueve años llamada Juanita vendiendo galletas en una esquina de Lima. Un auto paró y la niña corrió, esperando una venta. Pero, en vez de comprar galletas, una señora sacó de su carro una bella muñeca y se la dio a la muchacha. Juanita dejó sus galletas y abrazó la muñeca a su corazón. El padre Byrne dijo, “La alegría en su cara cuando miraba su muñeca era algo mas allá de palabras. El regalo inesperado - ¿No es eso lo que Dios nos dio en la persona de Cristo aquella primera Navidad?”
Probablemente Juanita nunca poseía una muñeca anteriormente. Pero, como el padre Byrne notó, la muñeca representó mucho más que una posesión material. Para una niña tratando de sobrevivir en una ciudad enorme, caótica – y veces miedosa – la muñeca indicó que alguien le quería alcanzarla y preocuparse por ella.
El Libro de Sabiduría describe algo que, en una forma semejante, rompe la desesperación:
Porque a medianoche cuando la paz y el silencio todo lo envolvían,
Tu palabra omnipotente, cual guerrero invencible,
Salió del cielo, donde tú reinas como rey, y cayó en medio de aquella tierra maldita. (18:14-15)
Así viene Dios a nosotros en Navidad. La oscuridad ha cubierto el mundo – y nosotros mismos hemos huido la luz. A pesar de nuestros esfuerzos, no podemos superar la oscuridad. A causa de la impotencia humana, como explica San Juan, la Palabra tuvo que entrar físicamente en nuestro mundo oscuro. Por eso:
La palabra se hizo hombre
Y habitó entre nosotros. (Jn 1:14)
Hablando de la “palabra” Juan usó un termino filosófico: Logos. Se puede traducir también como razón o estudio. Por ejemplo, antropología es el estudio (logos) del hombre (anthropos).
Pero la Palabra no es una entidad distante, como un filósofo en su torre de marfil. Al contrario, la Palabra ha venido entre nosotros, asumiendo nuestros sufrimientos, alegrías, angustias – aun nuestro pecado. En Él podemos conocer esperanza, aceptación divina.
El arzobispo Brunett cuenta una experiencia pastoral que habla de esa esperanza. Cuando era un sacerdote joven, visitó a un paciente que estaba en una coma. Como la persona no daba ninguna respuesta, la familia y aun los trabajadores del hospital empezaron a actuar como no escuchaba nada. Cuando llegó el momento para rezar, se reunieron alrededor de su cama. El arzobispo agarró su mano y le dijo, “Soy el padre Brunett. He venido a rezar contigo.” Al terminar la oración, el hombre apretó su mano, ojos llenos de lágrimas. No dijo ninguna palabra, pero claramente Dios había roto su aislamiento horrible.
En Navidad Dios ha hecho lo mismo para nosotros en una forma más radical que podemos imaginar. No puedo hacer mejor que concluir con las palabras del evangelio de hoy:
A Dios nadie lo ha visto jamás.
El Hijo unigénito, que esta en el seno del Padre,
Es quien lo ha revelado.
De su plenitud hemos recibido todos,
Gracia sobre gracia.
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