La vida y la obra de George Orwell, uno de los indiscutibles del siglo XX, tienen más matices de los que es común atribuirles, como demuestra en este texto Vargas Llosa al comparar su terrible fábula de la Revolución Soviética, granja de los animales, con el credo de una Gran Bretaña La socialista en león y el unicornio.
I. El león
y el unicornio
El uso tendencioso y unilateral que las fuerzas
políticas conservadoras hicieron, durante la Guerra Fría, de
las ficciones antitotalitarias de George Orwell Animal
Farm y 1984 han distorsionado la imagen de este
escritor, al extremo de que muchos ignoran, hoy, que fue un
severísimo crítico de la Unión Soviética y el comunismo, no
en nombre del status quo, sino de una revolución
socialista que él creía compatible con la democracia y la
libertad, y el único sistema capaz de dar a estos valores un
contenido real y compartido por todos los miembros de la
sociedad. Ignoran, también, que el combatiente voluntario de la
República Española contra la sublevación franquista, al mismo
tiempo que denunciaba los crímenes y la represión en el
régimen de Stalin, era un crítico implacable del sistema
capitalista y del imperialismo, en artículos y ensayos que
figuran entre lo mejor que escribió. El verdadero Orwell es una
figura mucho más contradictoria y compleja de lo que aparenta
ser en la imagen que ha prevalecido de él, y muy parecida a la
de Albert Camus, a quien lo une, además del talento literario,
la lucidez política y la valentía moral.
El texto que define de manera más
explícita su posición política, el tipo de socialismo que
defendía, es The Lion and the Unicorn. Socialism and the
English Genius, brillante y polémico panfleto que escribió
entre agosto y octubre de 1940, en Londres, cuando Inglaterra se
batía sola contra lo que entonces parecía el imparable avance
del nazismo por toda Europa.
El estruendo y el horror de la
guerra son el telón de fondo de este ensayo en el que Orwell,
con el lenguaje limpio y directo que es el suyo, y la
desconcertante sinceridad de sus declaraciones políticas
en las que jamás hay sombra de cálculo ni
oportunismo, opina sobre el pa-triotismo, la revolución,
el socialismo, el orden establecido en Gran Bretaña, desde la
perspectiva de la contienda bélica. La atmósfera azarosa del
momento está magistralmente recreada en la primera frase del
texto: "Mientras escribo estas líneas, seres altamente
civilizados vuelan sobre mi cabeza, tratando de matarme".
El libro nos delata a un Orwell
optimista lo que los bien pensantes llaman
"constructivo", convencido de que el socialismo
gana terreno en Inglaterra y de que este proceso, debido a la
guerra, se irá acelerando hasta desembocar en una revolución
que reformará de raíz la sociedad inglesa. ¿De qué manera?
Aboliendo los privilegios económicos y las injusticias sociales,
y reduciendo las desigualdades a un mínimo tolerable, que él
define así: las diferencias de renta individual entre los que
ganen más y los que ganen menos serán, como máximo, de diez a
uno. Este socialismo tendrá una vocación libertaria, pues
rescatará lo mejor de la tradición inglesa, las prácticas
democráticas, la tolerancia, el respeto a la ley entendida como
algo superior al propio Estado, el espíritu de compromiso o
concertación, la afabilidad (gentleness), y, acaso, hasta
el proverbial insularismo británico.
Esta reflexión política no tiene
un sesgo ideológico predominante, no es abstracta, sino, como
siempre en los textos de Orwell, concreta y personal. Aunque,
algunas veces, asomen en ella, como chispazos de época, ciertas
generalizaciones discutibles o esas profecías apocalípticas a
las que era propenso, que, juzgadas con la perspectiva del
tiempo, resultan monumentalmente equivocadas y hasta absurdas. En
contra de sus pronósticos, Gran Bretaña no tuvo que hacer
primero una revolución socialista para derrotar a Hitler, y, a
diferencia de lo que afirma con tanto énfasis, el capitalismo no
sólo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial en su propio país
y en el resto de Occidente, sino acabó enterrando al socialismo
(tal como él lo entendía) en el mundo entero.
Pero estos desaciertos en la
visión anticipatoria de la historia están con-trapesados en El
león y el unicornio con análisis y tomas de posición en
los que descuella la inteligencia política y el pragmatismo.
Muchos de los temas que Orwell desarrolla siguen siendo motivo de
controversia en nuestros días.
Por ejemplo, su apasionada defensa
de la "cultura nacional" como factor político. Orwell
reprocha a los ideólogos de la izquierda haberse apartado de la
realidad social por empeñarse en encajar a ésta en el esquema
de la lucha de clases y las contradicciones económicas entre los
distintos sectores de la producción, desdeñando la
"cultura común" de cada país, esa suma de valores,
costumbres, creencias, ritos, prejuicios y aficiones que
conforman el "carácter nacional". Este es un tema
delicado, al que rondan la demagogia y el clisé, pero Orwell
esquiva ambos peligros, desarrollándolo, si no de una manera
totalmente convincente, con penetración y originalidad. Su
crítica se vuelca contra los intelectuales británicos, pero
alcanza a los de otras latitudes, que, como aquéllos, llevados
por unas orejeras ideológicas querer explicarlo todo por
las relaciones de producción y las contradicciones de
clase subestimaron otros factores, regionales o nacionales,
hasta cegarse por completo ante la verdadera naturaleza de los
problemas. Ello los llevó a una suerte de idealismo al revés, a
ver problemas donde no los había, o a dar soluciones erradas a
los que tenían al frente.
En Gran Bretaña, afirma Orwell, la
división económica entre las clases sociales no impide que,
entre éstas, haya vínculos culturales e históricos muy
profundos, de donde nace ese sentimiento de unidad nacional que
es el patriotismo. Lo define así: "una devoción hacia algo
que, siendo cambiante, es, sin embargo, presentido como
místicamente idéntico a sí mismo". No entender la fuerza
de estos vínculos, que existen incluso en Inglaterra pese a las
enormes disparidades de riqueza, poder y educación, es
subestimar un factor que tiene consecuencias decisivas en la vida
política y el funcionamiento social. Orwell reprocha a la intelligentsia
socialista avergonzarse de la cultura nacional, y despreciarla o
negarla en nombre de un internacionalismo que, dice, la ha
divorciado de las masas, y ha dado crédito a la falacia según
la cual el patriotismo es un monopolio de la derecha. Para que el
socialismo salga de ese gueto en que se halla encastillado y
conquiste a las mayorías, es preciso que la intelligentsia
rescate para la izquierda para la revolución el
patriotismo, en otras palabras, la reivindicación de esa
herencia cultural que dará al socialismo británico rasgos
propios.
Ni qué decir tiene que estas
ideas, tan peligrosamente vecinas a los postulados nacionalistas
a la irrealidad de la nación entendida como una esencia
metafísica de la que estarían impregnados por igual todos los
miembros de la colectividad, deben enmarcarse en el
contexto en el que escribía Orwell: en medio de una guerra que
amenazaba con avasallar a Gran Bretaña y ponerla bajo la bota
nazi, y que exigía, de quienes, en grandes condiciones de
inferioridad, resistían a Hitler, apelar a todos los argumentos
en favor de la unidad, para reforzar el espíritu de resistencia.
En circunstancias así, la potencia irracional del nacionalismo
se ejerce con tal fuerza que ni siquiera las mentes más serenas
son capaces de oponérsele.
Pero que esa concepción de la
unidad nacional por encima de todo está bastante alejada del
mundo real lo prueba el propio Orwell, en este mismo ensayo, en
el que las críticas a los intelectuales de izquierda son poca
cosa comparadas con la dureza, verdaderamente feroz, con que
retrata a la clase dirigente británica, cortejo de
"fantasmas", "cadáveres" que viven en el
pasado, y que se han refugiado en la "estupidez" para
no ver su ruina inevitable e inminente. Inglaterra, "el
país más clasista que existe bajo el sol", según Orwell,
"constituye una familia con los miembros peores en los
puestos de mando". (La bellísima frase, que se empobrece en
mi traducción, "England is a family with the wrong members
in control", vale para todos los países del mundo, claro
está). Removiendo a esos mediocres de los puestos indebidos que
usurpan e instalando en ellos a los mejores, podrán tomarse las
medidas revolucionarias que establecerán en esa familia las
relaciones solidarias y dignas que ahora brillan por su ausencia.
¿Cuáles son las reformas indispensables para esa versión
orwelliana del socialismo? Muchas de ellas coinciden al
milímetro con las del socialismo marxista, sobre todo en lo
económico. La nacionali-zación de las tierras, las minas, los
fe-rrocarriles, los bancos, las principales industrias; la
abolición de los colegios privados y topes estrictos para el
ingreso, de modo que el más alto no exceda en más de diez veces
al menor. La Cámara de los Lores será abolida, pero, tal vez,
la decorativa monarquía sobrevivirá.
¿Y en cuanto al imperio, la vasta
colección de países y culturas sometidos a la Corona británica
que en esos momentos era algo más que la quinta parte del
planeta? Orwell fue un antiimperialista convencido, desde sus
días de policía, en una de las colonias inglesas, Birmania, y
acaso los dos ensayos más espléndidos que escribió, A
hanging y Shooting an Ele-phant, son despiadados
exorcismos morales del colonialismo. Que no se hacía la menor
ilusión sobre la verdadera naturaleza del sistema imperial es
obviotambién en este libro, en el que afirma que la democracia
que disfruta el pueblo inglés se paga "con el sudor de los coolies".
Ello no obstante, en su prefiguración de la Gran Bretaña
revolucionaria no aparece la concesión automática de la
independencia a la India y demás colonias, sino una alianza o
asociación en la que se habrían eclipsado el vasallaje y la
explotación. Conceder la libertad a las colonias sería una
catástrofe, afirma, pues equivaldría a echarlas en manos de
Japón, Rusia o las potencias fascistas. De otro lado, ninguna de
las colonias dispone todavía de los cuadros y técnicos
necesarios para "administrarse a sí misma". Sin
embargo, el derecho a la independencia les sería reconocido en
el instante mismo en que quisieran asumirlo. Pero, añade y
es otro de los momentáneos despegues hacia la irrealidad de este
libro tan realista, ninguna de las colonias se acogería a
esta opción, teniendo a su alcance la posibilidad de formar una
mancomunidad equitativa y libre con la antigua metrópoli.
Curiosa subestimación del factor nacionalista, en un ensayo en
el que, precisamente, Orwell sostiene con tanta convicción la
influencia que tienen en el proceso histórico las particulares
características de cada cultura o nación. Cuando, no muchos
años después de publicado El león y el unicornio, las
colonias inglesas tuvieron la posibilidad de cambiar de status,
durante el proceso de descolonización que sobrevino en la
posguerra, el nacionalismo prevaleció sobre todas las
consideraciones prag-máticas, sin ninguna excepción, y todas
eligieron la independencia.
No es esta la única ingenuidad que
se puede advertir en este ensayo, entre tantas páginas
estimulantes. Hay otra, bastante más grave, a la que también la
historia reciente se encargaría de rectificar. Me refiero al
supuesto, para Orwell de valor axiomático, que, con buen
criterio, la mayor parte de los partidos socialistas del mundo
han erradicado de sus programas, según el cual la economía
estatizada es más eficiente que la privada y la planificación
asegura una mayor productividad que el mercado libre. Así,
bastaría nacionalizar los medios de producción y ponerlos en
manos del Estado para que haya una justa distribución de la
riqueza y desaparezcan privilegios y desigualdades sociales.
Inútil preguntarnos si, sesenta
años después, Orwell seguiría proponiendo esta receta contra
la injusticia, o si el hombre honesto y pragmático que era
habría enmendado esta opinión de acuerdo a las lecciones de la
historia reciente. Lo cierto es que no hay manera de saber qué
habría hecho, dicho, defendido u odiado Orwell en nuestros
días. Lo único evidente es que, así como acertó en tantas
cosas en que sus contemporáneos estuvieron errados su
combate contra todos los totalitarismos, por ejemplo, en
otras se equivocó, y esta fue una de ellas. Hoy sabemos que la
centralización de la economía suprime la libertad y multiplica
cancerosamente la burocracia, y que, con ésta, resurge una clase
privilegiada todavía más inepta que la que Orwell crucificó en
su ensayo, e igual de ávida y aviesa en la defensa de esos
privilegios, granjerías, permisos especiales, monopolios,
niveles de vida, que conlleva el ejercicio del poder vertical en
una sociedad donde, debido a la falta de libertad, aquél es
intocable y omnímodo. El adversario implacable del totalitarismo
que fue Orwell se hacía, en este campo, unas ilusiones que, en
esa lucha contra la injusticia que en cada época asume
características cambiantes, ya no es posible alentar. Ahora
sabemos que el Estado no es la representación real y concreta de
un pueblo sino como ficción jurídica, aun en las democracias,
donde esa ficción está mucho menos alejada de la realidad que
bajo los regímenes de fuerza. En el mundo real el Estado es
patrimonio de una colectividad determinada, que, si acumula el
poder desmesurado que le asegura el control de toda la economía,
termina usufructuándolo en su provecho y en contra de los
intereses de aquella mayoría a la que, en teoría, representa.
La diferencia entre Estado y gobierno se eclipsa y quien tiene el
poder es el Estado. Y esto trae como consecuencia peores
formas de privilegio y de injusticia que las que permite una
economía privada, en manos de la sociedad civil, que, si está
bien regulada por un régimen legal, y sometida a la vigilancia
de un Estado independiente y democrático, puede ir abriendo
oportunidades y disminuyendo esas diferencias sociales y
económicas que Orwell, el socialista libertario, no dejó nunca
de combatir.
Tres años después de este ensayo
que ahora casi nadie recuerda, proseguiría su combate a través
de una parábola que tendría inmensa repercusión en todo el
mundo.
II. La granja de los animales
Orwell escribió Animal Farm
entre noviembre de 1943 y febrero de 1944. Pero la idea de esta
parábola política le daba vueltas desde su retorno de España,
según escribió en un prólogo para la edición ucraniana de La
granja de los animales (1947). Su propósito, explicó, era
describir el "mito soviético en una historia que pudiera
ser fácilmente entendida por todos y traducida sin dificultad a
cualquier idioma".
Consiguió más que eso: sintetizar
en una sencilla fábula cruciales problemas políticos y poner en
tela de juicio las más caras utopías de la época: el
igualitarismo y el colectivismo como panacea para acabar con las
injusticias sociales y la explotación económica. Los años que
han transcurrido desde que el libro fue escrito no le han restado
actualidad. En cambio, han hecho que pierda el carácter de mera
diatriba antisoviética con que fue juzgado al aparecer, y
adquiera un semblante menos circunstancial: el de una alegoría
sobre la persistencia de la injusticia y la mentira, bajo
retóricas y ropajes distintos, a lo largo de la historia.
La anécdota de la parábola es
directa, clara y esquemática como la de un "cuento de
hadas" (lleva esta etiqueta de subtítulo). Los animales de
Manor Farm, una granja regida por un amo despótico, Mr. Jones,
se rebelan contra él, lo expulsan y establecen una sociedad
libre e igualitaria, según los principios de una ideología
nueva: el "animalismo". Emancipados del hombre que los
explotaba, los animales trabajarán ahora para la colectividad y
el bien común, establecerán un mundo en el que no habrá
privilegios y en el que todos compartirán fraternalmente los
esfuerzos y los beneficios según sus capacidades y necesidades
particulares.
La fábula sigue, de manera laxa y
con variantes cronológicas, la trayectoria de la revolución
rusa. El lector reconoce, en los líderes de la rebelión animal,
a los principales protagonistas de aquélla así como sus hitos
centrales: la colectivización, la guerra contra las potencias
contrarrevolucionarias, los años de escasez y de hambruna, el
heroísmo y los grandes sacrificios colectivos, las divisiones y
disputas entre Stalin y Trotski, las purgas y el exterminio de la
oposición interna, el establecimiento del poder omnímodo y el
endiosamiento de Stalin. Al mismo tiempo, la resurrección de los
privilegios y granjerías para la nueva clase en el poder, la
deformación de la realidad por obra de la propaganda, la
rectificación de la historia según las necesidades del
presente, la aparición de una clase burocrática, parasitaria e
improductiva, y la desaparición de toda forma de protesta, aun
de toma de conciencia crítica, por obra de la intimidación, el
lavado de cerebro, la corrupción o el crimen por el nuevo amo
todopoderoso y su falange de pretorianos. Al final de la fábula,
los animales comunes de la granja espían, asombrados y confusos,
a Napoleón y los demás cerdos fraternizando con los antiguos
explotadores, los hombres, dueños de las granjas vecinas,
bebiendo, comiendo y brindando, reconciliados y cómplices en el
designio compartido de sacar el máximo provecho y de pagar el
salario más bajo a aquellos a quienes mandan. Hombres y cerdos
se han vuelto indiferenciables.
A pesar de las intenciones del
propio Orwell, quien se proponía con Animal Farm, según
dijo, contribuir a "la destrucción del mito
soviético" pues ello era esencial "si se quería
revivir el movimiento socialista", su libro cuestiona no una
revolución en particular sino todas las revoluciones, la
revolución en abstracto, es decir la solución total y
definitiva del problema de la injusticia económica y social
mediante la remoción violenta del poder de los explotadores por
parte de la clase explotada.
Más que una parábola
antitotalitaria, el libro de Orwell es una crítica de la
utopía. Lo que su historia muestra es la degradación, en la
práctica coti-diana, de un ideal imposible. Cuando apareció, en
medio de las polémicas y actitudes inflexibles de los preludios
de la Guerra Fría, Animal Farm fue entendida, sobre todo,
como una acusación contra las deformaciones estalinistas del
ideal igualitario y colectivista del socialismo. Pero una lectura
actual, menos contingente, del libro, descubre en él que el
fracaso que describe no es sólo el de una praxis, sino,
también, de la teoría y la moral que la inspiran. Animal
Farm muestra, uno por uno, que los fundamentos de la teoría
y la moral del "animalismo", careta del comunismo, son
irreales y enteramente falaces. Pero no por esto el libro debe
ser considerado, como se ha dicho, profundamente pesimista y
escéptico sobre las posibilidades del progreso humano. Esto, a
mi juicio, es sacar conclusiones falsas de premisas ciertas.
En la generosa tabla de
mandamientos que La granja de los animales entroniza,
figura inicialmente, en el sitio de honor, este principio que es
también una ley: "Todos los animales son iguales". Al
final de la historia, descubrimos que los animales en el poder,
los grandes manipuladores, han corregido este principio
relativizándolo así: "Todos los animales son iguales pero
algunos son más iguales que otros". Esta adulteración
fraudulenta del ideal original expresa la verdadera realidad de
la granja, en la que impera la desigualdad más absoluta entre
los que mandan y los que obedecen. Pero, de otro lado, expresa
también algo menos político y más permanente: una desigualdad
que ha existido en todo momento, distinta a la meramente
política, entre los animales de la granja: entre los más
inteligentes y los menos inteligentes y los torpes; entre los
más fuertes y los más débiles; entre los diligentes y los
lerdos; entre los astutos y los ingenuos; entre los generosos y
los egoístas y mezquinos.
Estas diferencias, que pueden
llamarse individuales entre un Boxer y un Squaler, entre
los cerdos y las ovejas y los perros, y entre los caballos y
demás especies entre sí no desaparecen cuando la
rebelión triunfa y arroja al hombre de la granja. La igualdad
que se establece, incluso en esa primera época de idealismo
generalizado, es meramente ilusoria, una ambición, no un hecho
real y tangible. En la práctica, aunque haya desaparecido el
explotador, las diferencias individuales impiden que en la vida
diaria aquel ideal igualitario se realice.
Esa es la primera censura grave, el
pecado original de la rebelión: confundir sus deseos con la
realidad. Es esto lo que desencadena el mecanismo fatídico que
resucitará el sistema de explotación y de injusticia que los
animales creían abolir derrotando a Mr. Jones.
En Animal Farm el poder
jamás llegaría a ser absoluto si no fuera por esa ilusión
igualitaria que es la que permite a una pequeña minoría, de
animales más astutos, inteligentes, ambiciosos, inescrupulosos,
manipular a los demás de acuerdo con sus intereses, abusando
cínicamente de su ingenuidad, simpleza e incluso bondad. Al
mismo tiempo que la ilusión del igualitarismo, la ficción de
Orwell muestra que la fuente del abuso no está sólo en la
posesión de la riqueza sino, al mismo tiempo y quizá
sobre todo en el ejercicio del poder, de todo poder. Es
otra de las moralejas del libro: el poder lo corrompe todo,
incluida la revolución. Cuando la generosa y heroica rebelión
de los animales triunfa y se constituye en poder es decir,
cuando la colectividad somete su dirección y gobierno a unos
cuantos líderes es cuando en verdad comienza su proceso de
deterioro. Porque no son Napoleón, Squaler y Snowball quienes
corrompen al poder: éste los corrompe a ellos. El poder los
induce a aprovecharse de él para extenderlo y aumentarlo: es el
ejercicio del poder el que va transformando visceralmente a los
cerdos en los hombres en que se han metamorfoseado al final de la
historia. ¿Hubiera sido un líder menos dictatorial Snowball
(alter ego de Trotski en el libro) si él hubiera derrotado a
Stalin/Napoleón? No hay nada que lo indique (salvo, quizás, el
hecho de que, por haber estado cerca de los trotskistas
españoles, Orwell tenía cierta simpatía hacia ellos en esos
momentos en que eran víctimas de la persecución del estalinismo
en todo el mundo y de que, como es el derrotado, no hay ocasión
de ver lo que haría en el poder).
El proceso de deterioro de la
rebelión de los animales es simultáneo con la concentración
del poder en manos de uno de los líderes. En una primera etapa,
cuando este poder está repartido, diluido, entre las fuerzas que
representan Snowball y Napoleón, una especie de democracia
subsiste: hay asambleas a las que todos los animales asisten y
las diferencias se zanjan mediante el votode la mayoría. Pero
cuando Napoleón comienza a ganar terreno sobre su rival,
advertimos que ese poder que conquista se pervierte: en vez de
aprovecharlo para llevar adelante los ideales de la rebelión, lo
usa para eliminar a su rival, primero, y, luego, para impedir que
jamás vuelva a surgir ningún tipo de oposición y crítica a su
dominio. El arma de que se vale Napoleón para lograr este
objetivo es, más todavía que la represión, la manipulación de
las conciencias.
Tiene para esa tarea un colaborador
muy eficaz: Squaler. Es el intelectual de la granja, el razonador
y el inteligente cuyas capacidades emplea el nuevo amo para
producir los sofismas y los mitos que embaucarán a los simples,
a los incautos, el que rectificará retroactivamente la historia
para justificar las acciones del líder absoluto y mostrar su
lucidez, su previsión y su coraje inmarcesibles en toda ocasión
y momento, el que disfrazará las mentiras de verdades y las
verdades de mentiras hasta demostrar que los conceptos de verdad
y mentira carecen totalmente de sustancia objetiva, y no son más
que meras retóricas reversibles que el poder utiliza en función
de sus necesidades inmediatas. Si hay, en la granja rebelde,
alguien profundamente ab-yecto, es Squaler. Porque es él quien,
gracias a su inteligencia, capacidad especulativa, elocuencia y
conocimientos, contribuye, más aún que el propio Napoleón, al
envilecimiento del ideal revolucionario y a vaciar de sustancia a
todos y cada uno de los principios que guiaron a la rebelión y a
expropiar, en beneficio del tirano, los esfuerzos y sacrificios
de los animales generosos y limitados como Boxer, Benjamín y
Clover, que carecen de la sutileza de espíritu, de la
penetración intelectual necesaria para darse cuenta del
monumental engaño de que son víctimas.
Animal Farm es, desde luego,
una estremecedora parábola sobre el destino de las revoluciones,
que terminan restableciendo injusticias y abusos iguales o peores
que los que vienen a corregir y entronizando en los altares
diocesillos aún más despóticos que los que destronaron. Pero
concluir de ello que el libro propone una visión fatalista del
hombre y de la historia y niega la posibilidad del progreso, que
es filosóficamente derrotista y conformista, me parece una
extrapolación falaz. La parábola de Orwell no muestra, a mi
juicio, que no haya soluciones. Más bien, que no hay soluciones definitivas,
sino provisionales y precarias, que, por lo mismo, deben ser
defendidas, revisadas y renovadas incesantemente. No es la idea
de progreso lo cuestionado. Aun en los momentos peores de escasez
y abuso Bower tiene la sensación de que la rebelión ha traído,
de todos modos, una esperanza a los animales que antes no
tenían. Lo que es sometido a revisión es la idea de que la
única forma de progreso real es el finalismo revolucionario, la
solución violenta, radical y única. Si hay un mensaje
persuasivo en Animal Farm no es a favor de la pasividad y
el escepticismo, sino más bien en contra de las soluciones
utópicas irreales y a favor de las viables, concretas y
pragmáticas. Fijarse objetivos inalcanzables es condenar de
antemano al fracaso los esfuerzos de mejora social. El progreso
sólo es imposible cuando la meta está fuera de las
posibilidades reales del hombre. Por eso conviene ser menos
soñadores, menos ideológicos y más realistas a la hora de
encarar los problemas sociales y tener conciencia clara de que,
entre todas las injusticias, una de las más graves está no
sólo en la explotación económica sino en la existencia del
poder: éste por ello debe ser siempre controlado, debilitado,
pues, si no es así, crecerá y desviará en beneficio propio los
esfuerzos de todos. Animal Farm es un llamado de alerta
contra la ingenuidad de creer que la única fuente de la
injusticia es la explotación económica. En verdad, es múltiple
y el progreso no sería real y posible si ella no es detectada y
combatida simultáneamente en todos los hilos y recovecos de la
urdimbre social. -
Londres, noviembre de 2000