Karla Voigt había nacido en Leipzig y estudiado ingeniería superior en la Universidad de Konningsberg. Gracias al acuerdo de homologación entre el programa Erasmus de la Unión Europea y el plan Avempace del Gran Magreb la muchacha vino a Zaragoza a realizar prácticas en el Gobierno de los Omeyas, lugar donde la conoció Jorge, quien salió con ella el tiempo suficiente para que la muchacha se confiase y acabara por comentarle sus proyectos profesionales: le mostró los planos, las fórmulas y le expuso sus teorías sobre la desintegración molecular del ser humano, que Karla equiparaba a la demodulación de la información para su viaje por la fibra óptica. Jorge no estaba muy puesto en temas tan elevados de ingeniería, pero si que le brindó toda su ayuda, así como todo su perfecto conocimiento de la Administración de los Omeyas, para empujarla en el logro de sus propósitos.
Lo primero fue buscar un trabajo para Karla que le permitiese permanecer en la ciudad al lado de quien estaba enamorada y de sus proyectos una vez concluídas las prácticas. Logró que la contrataran para dar clases de programación en iBN, el interface del Gran Magreb, siglas de International Bussines Nomenclator. Jorge se encargó después de solucionarle toda clase de papeleos relativos a la solicitud de ayudas para tratar de sacar adelante su proyecto. Lograrían una plaza en el Centro de Innovación Empresarial del Actur, con todo el apoyo técnico y de medios que ello suponía.
- ¿Ve? Ese es el lugar donde trabajaba Karla en el CIE, ahí está haciendo una de sus pruebas con los hornos microondas.
En el monitor aparecía una joven de cabello corto, morena, con un rostro algo demacrado. No parecía la misma que habíamos visto en otras fotografías...
Nos explicó que Karla dormía muy poco en aquellos días. Él había conocido en Teresa a la mujer de su vida y no quiso en ningún momento engañar a ninguna de las dos. La que fuese alegre y dicharrachera Karla, despechada, se fue encerrando en sí misma, en su propio trabajo, incluso llegó a vestir años más tarde los atuendos típicos del Islam.
En cualquier caso, a partir de ese momento, lo mismo Teresa que él se desvivieron por ayudar a Karla a sacar adelante su revolucionario reides, pues así pensaba llamar y registrar a su reintegrador-desintegrador molecular.
En la siguiente fotografía, Karla llevaba una careta de soldadura y aparecía dedicada al ensamblaje de una pieza en lo que parecía un frigorífico y, efectivamente, lo era. Los pasos que la alemana daba siempre eran exitosos, así que cuando hizo su primera prueba en el C.I.E. con el gato Sufí, supieron que estaban ante algo grande, ante un paso que acabaría por revolucionar la vida humana y las relaciones entre las personas. Si algúno de sus colaboradores había tenido dudas, en ese momento, se le fueron de la mente. La verdad era que a todos se les encogió el corazón cuando vieron salir a Sufí de aquel frigorífico.
El comprensible recelo de quien es consciente del peligro que rodea a una idea genial, única, a una idea que venía a ser como el nacimiento de una estrella, movió al entonces matrimonio Anoz a aconsejar a Karla que abandonase el C.I.E. Gracias a los contactos de Jorge, por entonces Supervisor Jefe de Adoctrinamiento Juvenil en el Califato, se hicieron con una pequeña nave en el Polígono de Cogullada, lugar donde Karla y su equipo desarrollarían su labor desde entonces.
En la foto se apreciaba la nave, que no tenía puente-grúa, más cercana a la idea de un antiguo granero, eso si, con todos los paneles de mandos, materiales, herramientas y demás accesorios propios de la labor industrial. Podía verse a varios trabajadores al frente de los mandos, o en tareas de soldadura, provistos de batas blancas. El equipo de Karla era de cuatro personas. Los Anoz solo recordaban a un maestro industrial, por nombre de pila Rolando, que trató sin éxito de sacar a Karla de su amargura íntima de no haberse podido casar con Jorge.
Karla se volcó en su proyecto, dormía muy poco y apenas la veían si no iban ellos a visitarla. Llegó a transcurrir cerca de un año sin más contacto que el virtual.
Eran las tres del segundo turno de ciudadanos del 19 de mayo de 7.040, cuando un aviso en el multivisor les despertó. Karla estaba radiante, había rejuvenecido diez años, no cabía en la pantalla su alegría. Quería que, por favor, fuesen a verla.
Rolando se había ofrecido para el ensayo y todo había sido un éxito. Karla quiso que fueran los primeros en presenciarlo.
Los dos frigoríficos estaban separados por una distancia de diez metros. Los había blindado y, por supuesto, solo tenían de frigoríficos el aspecto. Todo su funcionamiento se basaba, a grosso modo, en el fax-módem. Karla había observado años antes que todo aquello que se introducía en el interior de un microondas y que no estaba constituído por el material aconsejado, bien se fundía, se deshacía o provocaba una sobrecarga de energía capaz de destrozar el horno. Su filosofía era que si se protegía el aparato y se profundizaba en la desintegración molecular del contenido, el siguiente paso sería lograr transformar las moléculas en energía, esta energía se transmitiría mediante impulsos a través de la fibra óptica y, una vez en su destino, se llevaba a cabo el proceso de reintegración molecular. El gato Sufí entró en el frigorífico de la izquierda y en tan solo diez segundos lo vieron salir del de la derecha. Y aquella noche, por segunda vez, Rolando se introdujo en el frigorífico de la izquierda para aparecer catorce segundos después en el otro. Naturalmente, a partir de ese momento, el lugar donde se ubicase el segundo frigorífico era lo de menos. El desplazamiento de personas por la esfera terrestre pasaba a tener las mismas complicaciones que el correo electrónico.
Jorge se encargó de ir al registro a patentar el reides, de mover sus incontables hilos desde su atalaya administrativa para dar la difusión correspondiente al acontecimiento. Sin embargo, unos días antes de la presentación en sociedad del reides, los informativos de todo el mundo mostraron las imágenes de aquellos norteaméricanos de Fairfax, Virginia, borrachos de éxito y champán, anunciando al mundo el mundialmente famoso desde entonces Top Sony. Fue un golpe muy duro para todos ellos. El artilugio norteamericano había sido registrado en Estados Unidos tan solo unos días antes. Incluso presentaba una opción de autotransporte a través de mandos interiores que permitían al individuo trasladarse a sí mismo.
Fue a partir de entonces cuando Karla se comenzó a vestir a la manera árabe. Unicamente salía de casa para dar sus clases con el rostro cubierto por el sari. También por aquel tiempo, la esposa de Jorge empezó con sus molestias de corazón.
Luego, con el bloqueo de la Unión Europea al Gran Magreb, la política árabe se tornó más recelosa y debido a la desconfianza de las altas jerarquías respecto de los ciudadanos occidentales, se dictó la Ley de Reforma del Trabajo que impidió a los ciudadanos cristianos ocupar puestos de responsabilidad en la Iberia de los Omeyas. Así fue como Jorge había perdido su responsable puesto en el Califato y Teresa, su esposa, había dejado de ser agente de cambio y bolsa. A los occidentales no convertidos, tan solo les estaba permitido el desempeño de funciones sin cualificación. Es así como el matrimonio Anoz había terminado en aquella vivienda del cementerio de Torrero como guardeses.
Trabajaban en el camposanto, cuando los problemas de corazón de Teresa se acrecentaron. Su marido cayó abatido al conocer la necesidad de un trasplante, una necesidad tan urgente que agotaba en si misma todo abrigo de esperanza. La mujer contaba entonces con cuarenta y siete años y pasaba la edad legal para acceder a los transplantes, fijada por los árabes en cuarenta y cinco...
- Pero eso son cosas de abuelo que les aburrirán...
- ¡Cuéntaselo, Jorge! Si es lo que más ilusión te hace.
Teresa nos miró alternativamente a nosotros y a su marido, quien finalmente, tras de una sonrisa, se sinceró.
Nos dijo que sufrió una enorme depresión, que lo pasó muy mal, pues debía ocultar todo su pesar a su esposa y darle ánimos. Unicamente podía desahogarse en casa de Karla. Deseaba morir, no concebía su vida sin Teresa, eran tantos los momentos..., era tanta la vida que perdía, que lo que le restase no podía valer mucho.
El tiempo minaba la salud de Teresa, quien presentaba fatiga y no conseguía acompañarle a las rondas, con la de paseos románticos que habían dado a la luz de la luna rodeando la tapia hasta aquella fuente de la entrada antigua, con la de rosas que le obsequió mientras le tomaba la mano y la besaba. La veía venirse abajo y con ella su vida entera se derrumbaba.
Así transcurría lo que no era sino antesala de la soledad y el vacío, cuando en el multivisor se iluminó aquella luz verde. Al encenderlo apareció la pantalla del correo. Karla les había dejado un mensaje en el buzón, insistiéndoles en que fuesen a verla.
Una vez en casa de Karla, ésta les explicó que algunos de sus amigos de la Universidad de Konningsberg ejercían de cirujanos y que había recibido noticias fiables de que, en Alemania, podrían encontrar un corazón para Teresa. No debían perder tiempo. Ella les acompañaría. Se desplazarían en la lanzadera familiar de Rolando. Si preguntaban algo en la frontera, Karla diría que iban de turismo, a pasar unos días con su familia. Y en cuanto al Top Sony, ni pensarlo, pues, aún en el imposible caso de que su esposa hubiera podido resistirlo, los sistemas informáticos estaban programados para deletear todo flujo energético que tuviese como destino la Unión Europea.
Así fue como la lanzadera de Rolando les terminó por dejar en el helipuerto del Hospital de Konningsberg, donde unas horas después Teresa recibía su corazón...
Jorge guardó silencio durante un tiempo, con la cabeza agachada y los ojos húmedos.
Teresa le abrazó y, después de besarle en la mejilla, le susurró:
- ¡Termina! ¡No les dejes así!
Al fin, de sus labios pudimos escuchar:
- Mi mujer vive gracias al corazón de Karla. Nos dejó una nota escueta en la que decía no haberse arrepentido nunca en su vida de nada y menos de aquella decisión tan difícil. Para ella, era una forma de vivir a mi lado... No sospeché nada en ningún momento, dijo que iba a visitar a unos compañeros suyos de la Universidad y yo permanecí con Rolando en aquella sala mientras duró la operación. De acuerdo con su familia, nos la trajimos aquí... Nosotros solos en ningún caso hubiéramos podido costear una operación así y menos no siendo ciudadanos europeos... Era lo menos que podíamos hacer por ella. Es una forma de seguir los tres juntos...
En aquel momento, tuve la sensación de que Teresa tuvo la intención de decir algo pero se había arrepentido. En cualquier caso, era demasiado tarde para continuar importunándoles. Hice una seña al teniente al- AbbÐr y nos dispusimos a salir. Los dos ancianos nos pidieron que les llevásemos al cementerio alemán, que regresarían caminando en uno de sus románticos paseos, recobrados gracias a Karla. No pusimos objección alguna.
Frente a la lápida, aún pudimos saber que las primeras flores las recogió Jorge en sus rondas. Tomaba una de aquí, una de allá... Fue como un pequeño milagro. Las costumbres humanas hicieron el resto. Al ver tal cantidad de flores sobre aquella tumba, los visitantes que pasaban comenzaron a arrojar sobre el montón alguna que quitaban de sus ramos. Circunstancia que llegó a convertirse en costumbre. Así es como, desde su entierro, a Karla Voigt nunca le han faltado flores.
Como buenos cristianos que eran permanecieron los dos un buen rato rezando sus oraciones, supongo. Silenciosos en todo caso. La anciana, por un par de veces, tornó la vista hacia la puerta de aquel pequeño recinto.
Llegó la hora de despedirnos y el subteniente al-Abbãr y yo subimos a nuestras lanzaderas para marcharnos.
Ya contemplábamos el Ebro, cuando indiqué a Muhamed que continuara solo y me esperase en la plaza de Alá, junto a la Mezquita, que no tardaría mucho en volver.
Los Anoz continuaban junto a Karla, cogidos de la mano lo mismo que unos novios. Formaban una pareja tan encantadora...
- Perdonen -les dije-. Les parecerá absurdo en alguien como yo... Pero no me gustaría irme de aquí sin darles dos besos...
- ¡Faltaría más, hijo! -me gritaron al unísono, pienso que incluso se alegraron y me dijeron que su único hijo hubiera tenido mis años de no haber muerto en la oleada de tornados que siguió al desvío del último meteorito que amenazó con colisionar contra la Tierra. Para mi era..., no sé..., como volver a abrazar a mis padres.
Regresé hacia mi lanzadera cuando advertí que, en otra tumba sin nombre, cercana a la puerta, habían colocado alguna flor.
De nuevo me encontraba con la capital del Ebro a mis pies, al encuentro del teniente Muhamed al-Abbãr en la plaza de Alá. Me reuní con él cerca del monumento a Goya y emprendimos el regreso al cuartel. V