NICEA Y EL CONCILIO
VATICANO II 
Marcel de Corte
                                                                                           

   Otro tanto ocurre con la palabra naturaleza y la palabra natural, ambas correlativas: sola mente hay cinco ejemplos, y con el sentido más ordinario que tienen. El Índice de la traducción francesa de las Actas, publicado en 1966 (Editions du Cerf) no trae ninguna referencia a esos vocablos de la teología dogmática acreditada desde hace siglos en la Iglesia. En cambio, puede leerse en ella la palabra sexo y la palabra sindicato, cada una en su lugar respectivo por orden alfabético.

   Los Padres conciliares quisieron manifiesta mente suprimir la mención a la teología dogmática tradicional de la Iglesia acerca de la cual no llegaban a un acuerdo y cuyo realismo chocaba con su inmanentismo, como lo demostraron a las claras las secuelas del concilio. Se lanzaron a una "Pastoral" que, por lo menos, tenía apariencias de lograr casi la unanimidad. Nada hay como la acción pura y simple para poner de acuerdo a hombres de convicciones diferentes, cuando no opuestas; el fuego de la acción desdibuja las divergencias. Y, sin embargo, ¿cómo actuar cristianamente sin la guía sobrenatural y de la naturaleza?

   En el origen de esa pastoral vesánica y sin resguardos que se deprecia rápidamente ante nuestros ojos en la peor de las políticas revolucionarias, no resulta difícil descubrir -recordémoslo- el impacto profundo de la filosofía kantiana que proclama la primacía de la razón práctica y que hace de ésta el único camino que el hombre puede seguir para alcanzar la realidad verdadera más allá de los fenómenos. Esa prioridad de la acción en el dominio religioso presupone a todas luces la prioridad del sujeto del cual proviene la acción, puesto que la actividad práctica ya no está sometida a la actividad especulativa, a la objetividad, a la disciplina de la realidad sobrenatural extra mental. Acción e inmanencia marchan a la par.

   La influencia de Maurice Blondel introdujo, a nuestro entender, el inmanentismo kantiano y la primacía de la acción en la teología pastoral del Vaticano II.

   Basten aquí algunas citas. "No corresponde en absoluto a la especulación proporcionar una respuesta al problema actual que se le impone"(41). "La noción de inmanencia es la idea, muy justa en el fondo, de que nada puede entrar en el hombre que no salga de él y que no corresponda en cierta manera a una necesidad de expansión"(42). "La abstracta y quimérica adaequatio reí et mentís es reemplazada por la adaequatio realis mentís et vitae"(43). "Es necesario sustituir el problema del acuerdo del pensamiento con la realidad por el problema de la adecuación inmanente de nosotros mismos, con nosotros mismos"(44). "Con ello se tendrá que la verdad lógica define el acuerdo del pensamiento y de la vida con ellos mismos, ya no en sentido ideológico sino en sentido concreto y según los requerimientos y las creencias de la vida interior"(45). "No se puede alcanzar y definir la trascendencia más que por la inmanencia, la exterioridad más que por la interioridad"(46).

   Ahora bien, esa "realidad" interior es "un continuo como el torrente circulatorio... Se mueve y cambia sin cesar. Nada actual se ad quiere definitivamente; nada está en reposo, todo busca crecer, desarrollarse"(47) "Para de signar esa mezcla de virtualidades obscuras, de tendencias conscientes, de anticipaciones implícitas, la palabra acción parece bien elegida, porque abarca a la vez la potencia latente, la realización, el presentimiento confuso de todo lo que aclara y galvaniza en nosotros el movimiento de la vida"(48). Es imposible comprender esa acción sin la existencia, "en el fondo de mi conciencia, de un yo que ya no es yo. En mi acción hay algo que aún no he podido comprender e igualar"(49). "Dios actúa en esa acción"(50). A partir de ese punto central, el yo, la persona y sus exigencias, se abren todas las perspectivas y se puede llegar a Dios. Todo parte del yo y todo se refiere a él. Una Revelación exterior resulta ininteligible para la conciencia moderna sin ese deseo que la mueve y que pasa a la acción. Por lo tanto, de antemano no se exige saber. Lo importante es hacer. Asimismo, "la eficacia de la Redención no está subordinada al conocimiento que de ella podamos tener"(51). "El esfuerzo de la voluntad por igualarse con su propio impulso"(52) pone la salvación al alcance de todos. "Si hablo de lo sobrenatural, también dejo oír un grito de la naturaleza, un llamado de la conciencia moral, una exigencia del pensamiento"(53).

   Podríamos poner muchos textos del concilio Vaticano II en paralelo con el inmanentismo de que hace gala la filosofía de Blondel y que se ha infiltrado por la enseñanza en numerosos seminarios. Para muchos clérigos constituyó una forma de abandonar la filosofía escolástica "perimida", que les producía un complejo de inferioridad en presencia de los laicos, y de presentar una filosofía cristiana a la moda, que contara con el favor del mundo.

   La decisión del Vaticano II de "abrirse al mundo", a sus reclamos, a sus deseos, a sus solicitaciones, a sus aspiraciones, en una palabra, a lo que hay de propiamente subjetivo en cada uno, procede de una filosofía inmanentista rigurosamente idéntica -si bien más fluida y con mayor influencia de las teorías de la evolución- al inmanentismo neoplatónico y arriano que Nicea proscribió.

   El discurso de Pablo VI en la segunda sesión del concilio y la mayor parte de sus alocuciones refuerzan nuestra tesis. "Que sepa el mundo que la Iglesia lo contempla con admiración sincera, dispuesta a servirlo, a valorizarlo... La Iglesia reconoce y sirve al mundo tal como hoy se presenta. [La Iglesia] ama al mundo de hoy, y vive, habla y actúa para él". Ahora bien; ese mundo ha cambiado, demasiado visiblemente, y sigue cambiando. El hombre moderno se considera cada vez más como el centro del universo. Se ha lanzado a la búsqueda de su ser, y esa persecución incesante moviliza todas las cosas. De lo cual Pablo VI concluye que la Iglesia a su vez debe cambiar para salir al encuentro de esa necesidad de inmanencia en el hombre actual: "La Iglesia ha ingresado en el movimiento de la historia que evoluciona y cambia"(54).

   En lo sucesivo "la Iglesia nos compromete a reflexionar sobre su misión en el mundo con temporáneo con conciencia auténtica y nueva... Experimentamos todos la necesidad de introspección y de diálogo, cada uno con su propia conciencia"(55), de manera que podamos reencontrarnos con la conciencia nueva que el hombre actual tiene de sí mismo y de los otros, y abrazar su inmanentismo. Porque "'la difícil y gran consigna que el concilio, da a la Iglesia es restablecer el puente entre ella y el hombre de hoy"(56). "Debemos, pues, garantizar en la vida de la Iglesia una nueva manera de sentir, de querer, de conducirse"(57), para reencontrarnos con el hombre contemporáneo tal cual es, en su voluntad de "ser integral", él mismo integralmente(58). Debemos habituar nos a pensar el hombre de manera nueva y de manera nueva también la vida en común de los hombres, los caminos de la historia y los destinos del mundo"(59). "Muchos aspectos de la vida moderna pueden interpretarse como disposiciones providenciales al mensaje evangélico"(60). "Hacer, conocer y tener más, para ser más: he ahí la aspiración de los hombres de hoy... Ese deseo -¡ese inmanentismo!- es legítimo"(60). "Estamos todos, inclusive las iglesias, comprometidos en el nacimiento de ese mundo nuevo"(61) que exige la actitud inmanentista adoptada por el hombre contemporáneo. La Iglesia Católica no puede dejar de "ofrecer su ayuda para favorecer ese humanismo pleno"(62), ahora que "crece la Conciencia de la eminente dignidad de la persona humana superior a todo"(63). "Trabajar por la renovación de la mentalidad" de los cristianos en ese sentido es tarea del concilio: "El espíritu de Dios está presente en esa evolución"(64).

   "De ese modo nuestro humanismo se hace cristianismo... a punto tal que podemos afirmar que para conocer a Dios, hay que conocer al hombre"(65), al hombre tal como se presenta en nuestra época, al hombre viviente, al hombre QUE TODO ÉL SE OCUPA DE SÍ MISMO, al hombre que no sólo se hace centro de todo lo importante sino que se atreve a pretender ser el principio y la razón última de toda realidad. El humanismo laico y pro fano se ha erguido en toda su terrible estatura y, en cierto sentido, ha desafiado al concilio. La Religión del Dios hecho Hombre se ha encontrado con la Religión del Hombre hecho Dios (porque la hay). Y ¿qué ha ocurrido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría haber ocurrido, pero no ocurrió. La vieja historia del Buen Samaritano fue el modelo para la espiritualidad del concilio. Todo él fue invadido todo entero por una simpatía sin límites (simpatía, según los diccionarios, es semejanza de sentimientos). El descubrimiento de las necesidades humanas (tanto más grandes cuanto más crece el hijo de la Tierra) absorbió la atención de nuestro sínodo. Reconocedle al menos ese mérito, vosotros, humanistas modernos que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, y sabed reconocer nuestro NUEVO HUMANISMO. También nosotros, más que nadie, tenemos el culto del hombre... La religión católica y la vida reafirman así su ALIANZA. La religión es para la humanidad; en un sentido, es la vida de la humanidad"(66).

   Pésense bien las palabras y el sentido de esta pasmosa declaración: el total del hombre concreto, de la persona humana tal cual es a fines de este siglo, es religioso y divino(67). Su, antropocentrismo es divino. Su inmanencia es divina. Lo subjetivo es para Pablo VI lo objetivo. Las contradictorias son verdaderas al mismo tiempo. La hipóstasis hombre, humanidad, la Inteligencia, dirían Plotino y Arrio, se ha unido, gracias a la revolución montiniana y conciliar, con la hipástasis Dios, el Uno neoplatónico.

   Resulta superfluo analizar aquí los otros textos del concilio referentes a la libertad religiosa, al mundo moderno, al ecumenismo, "tarea primordial de la Iglesia, la empresa magna y más misteriosa de su pontificado", declara Pablo VI. Está demás acumular citas del propio Pablo VI. Todos esos textos remiten a la glorificación de la inmanencia, sin discusión" posible: "por el solo esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad cada hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más gran de"(68). El origen es inmanencia, el fin es inmanencia.

   Recomienza la crisis arriana. Es el mismo sesgo mental: las elaboraciones del intelecto replegado sobre sí en lugar de la realidad, los gatos por liebres, la misma filosofía subjetiva. En los dos casos se trata de hacer depender el cristianismo, religión de lo sobrenatural objetivo que presupone el realismo del sentido común, de principios que son contrarios a su Esencia. Mons. Lefebvre lo hizo notar en su sermón de Lille (29-8-76): "Tomad el esquema "Gaudium et Spes" y allí encontraréis que hay que casar los principios de la Iglesia con las concepciones del hombre moderno", exactamente como el arrianismo quiso casar el dogma de la Santísima Trinidad con las concepciones del hombre moderno de su época, con la inmanencia neoplatónica. Si el Vaticano II es más importante que Nicea, es porque el arrianismo apenas disimulado de Pablo VI es más importante que el dato objetivo de la fe.

   Las consecuencias son las mismas en ambos casos. El antiguo arrianismo se extendió ampliamente por la Cristiandad de ese tiempo porque admitía abrirse a la "mutación de las mentes" de la época y a su "personalismo". La mutación de nuestra civilización acarrea cambios, no sólo en nuestro comportamiento exterior sino en la concepción que nos hacemos tanto de la creación como de la salvación traída por Jesucristo", pontifica el obispo de Metz(69), haciéndose eco del concilio y de Pablo VI. El viejo arrianismo demolió a la Iglesia de su tiempo y la reemplazó por otra nueva. El nuevo arrianismo inmanente acarrea la "autodemolición" de la Iglesia y su reemplazo
por otra Iglesia.

   En los dos casos esas herejías, porque es necesario llamarlas por su nombre(71), han recurrido al poder temporal para difundirse. El arrianismo obtuvo el apoyo de los emperadores romanos y de los reyes bárbaros. Se convirtió en religión del Estado. Se politizó total mente en el curso de sus maniobras tendientes a captar el poder temporal en provecho propio. El inmanentismo conciliar y postconciliar halaga a la democracia, a la maquinaria de la ONU, a las organizaciones (o desorganizaciones) internacionales, a la descolonización y su sosías, el neocolonialismo, al marxismo, a la revolución, a todas las corrientes ideológicas de moda. Pablo VI les dedica miles de elogios.

   Todo el nuevo arrianismo con que Pablo VI reemplaza la fe tradicional o izquierdiza su sentido, se halla condensado en el siguiente texto: "¿No llegará un día en que el hombre moderno, a medida que sus estudios científicos progresen(73) y descubran realidades ocultas tras el rostro mudo de la materia, preste oído atento a la voz maravillosa del Espíritu que palpita en ella (sic)? ¿No será ésa la religión del futuro? ¿Acaso Einstein mismo no entrevió la espontaneidad (sic) de una religión del universo? ¿NO SERÁ TAL VEZ ESA MI RELIGIÓN DE HOY?"(74).

   La amalgama del cristianismo con las ideologías que ejercen dominio sobre las mentes aquí se hace patente. Para que ESE NUEVO CRISTIANISMO TRIUNFE, necesita el apoyo del hombre contemporáneo, de sus aspiraciones a una "religión" nueva. La palabra aspiración figura diecisiete veces en "Populorum Progressio".

***

   Es menester terminar. El arrianismo y su subjetivismo parecieron triunfar durante casi dos siglos. La crisis provocada por el nuevo arrianismo será larga. Si las instituciones de la Iglesia y con ellas, ineluctablemente, la Sagrada Escritura, la Santa Misa, los Sacramentos, van a transformarse en profundidad para unirse al mundo, se necesitarán decenios pa ra reconstruirlos en su forma eterna, y otros tantos decenios para volver a traer a la fe de siempre a los fieles engañados que titubean al borde de la herejía.

   El cardenal Liénart lo dijo antes de morir: "Humanamente hablando, ya no hay salvación para la Iglesia".

   Pero nosotros sabemos que lo que es imposible para el hombre, Dios puede hacerlo. Sabemos también, por la historia de la Iglesia, que aquellos que permanecen irreductible mente fieles tienen siempre la última palabra.

   Afrontamos un período de esa historia que se caracteriza por la misma crisis de civiliza ción y de sociedad que caracterizó a la iniciación de la era cristiana. Los cristianos de los cuatro o cinco primeros siglos fueron tentados por las filosofías inmanentes de su época, por el sincretismo, por la alianza con las otras religiones, por el "ecumenismo", por el mestizaje espiritual, al igual que son tentados los cristianos de hoy.

   Aquellos reaccionaron con energía, a pesar de ser pocos. "Cuando se emprende el estudio de las otras religiones del Imperio, llama la atención el carácter INTRANSIGENTE del cristianismo, y eso a pesar de los esfuerzos de los Apologistas por presentarlo bajo el aspecto de alguna religión griega muy razonable. .." de tipo neoplatónico. Lo que contribuyó "a la difusión nueva fue su exclusivismo, en tanto que los cultos de misterios no se excluían en absoluto y permitían a sus fieles iniciarse en varios. La NEGATIVA de los cristianos a participar en otro culto, CUALQUIERA QUE FUESE, los persuadió de que poseían una verdad cierta, persuasión que, desde el punto de vista psicológico, fue y SIGUE SIENDO una superioridad irrefutable" (75).

   Nos queda imitar a esos cristianos de los primeros siglos, tanto más cuanto que esa "psicología" se apoya sobre las realidades objetivas de la fe que Dios comunica.

MARCEL DE CORTE ,
Profesor emérito de la Universidad de Lieja
(De Itinéraires nº 215, julio-agosto 1977).

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NOTAS

  • (41) Le point de départ de la recherche philosophique, en Annales de Philosophie chrétienne, 1906, p. 249. Cf. el indispensable y admirable libro del R. P. de Tonquédec, Immanence. (volver)

  • (42) Bulletin de la Société française de Philosophie, agosto 1908, p. 326. (volver)

  • (43) Le point de départ..., p. 235. (volver)

  • (44) L'llusion idéaliste, en Revue de Métaphysique et de Morale, 1898, p. 11. (volver)

  • (45) Principes élémentaires d'une logique de la vie morale, en Bibliotheque du Congrés Intern. de Philos., 1903, p. 80. (volver)

  • (46) Annales de Philos. chr., op. cit., p. 237. (volver)

  • (47) Soc. franç de Philos., op.. cit., p. 328. (volver)

  • (48) Le point de départ..., p. 234. (volver)

  • (49) L'Action, 1ª edic., p. 347. Cf. p. 339. (volver)

  • (50) Ibíd., p. 403.  (volver)

  • (51) Rev. du Clergé franç., 1902, p. 649. (volver)

  • (52) L'Action, p. 394. (volver)

  • (53) Rev. de Mét. et de Mor., 1894, p. 7. (volver)  

  • (54) Alocución del 28-9-71. (volver)

  • (55) Al Congreso "Para la promoción del Hombre", el 12-11-76.  (volver)

  • (56) El 12-7-65. (volver)

  • (57) El 6-1-64. (volver)

  • (58) Pop. Progr., § 14. (volver)

  • (59) Discurso en la Tribuna de la ONU. (volver)

  • (60) Pop. Progr., § 7.   (volver)

  • (61)  A los Australianos, 30-9-70.  (volver)

  • (62) Discurso de fin de año, 1970, en Doc. Cath., 20. 12-76, nª 1576.  (volver)

  • (63) Gaudium et Spes, § 26. (volver)

  • (64) Pop. Progr., § 32. (volver)

  • (65) El 7-12-65. (volver)

  • (66) Pablo VI remite a Gaudium et Spes: 42, 3; 41; 26, 3; 26, 30, 38 y 45, que en repetidas ocasiones calificó de "culminación del concilio". (volver)

  • (67) Al Secretariado para la Unidad, nov. 1976. (volver)

  • (68) Pop. Progr., § 15. Sed contra: "Sin mí, nada podéis hacer" (Jn. 15, 5). "Tenemos confianza en el hombre. Creemos en ese fondo de bondad que hay en cada corazón" (Pablo VI en Sydney, 2-12-1971). Sed contra: Marcos, 7, 22. (volver) 

  • (69) Bulletin diocésain, 1-10-67. (volver)

  • (70) Alocución del 28-9-71, ya citada.  (volver)

  • (71) Catéchisme du Concile de Trente, París, edic. Itinéraires, 1969, p. 94: "No se es hereje por el solo hecho de pecar contra la Fe, sino porque se ad hiere con terquedad a opiniones nocivas". La historia de la Iglesia registra pocos papas (o ninguno) tan tercos como Pablo VI, tan obstinados en impo ner a la Iglesia una orientación que la lleva abiertamente al abismo. (volver)

  • (72) En La Croix, 6 abril 1965.    (volver)

  • (73) Se advertirá que todos los movimientos políticos actuales pretenden relacionarse con la "ciencia", con la "técnica" que la aplica. (volver)

  • (74) Doc. Cath., nº 133, 19-6-61. Es la "gnosis de Princeton" por anticipado. Se necesitaría otro es tudio para demostrarlo. (volver)

  • (75) A. D. Nock, Christianisme et Hellénisrne, París, 1973, págs. 135 y 137, y también pág. 45-47. (volver)