EN TORNO AL CONCEPTO DE EVOLUCIÓN*
Por el Prof. Juan Carlos Ossandón Valdés

   S.A. Barnett lo reconoce expresamente, en su volumen de homenaje a Darwin: "Darwin mismo no formuló nunca (su teoría de la selección natural) de un modo lógicamente válido".[50]  

   Su principio de que sobrevive el más apto no pasa de ser una tautología, porque es más apto el que sobrevive. Pero para que haya evolución tuvo que aceptar lo que también preconizaba Lamarck, vale decir, la herencia de los caracteres adquiridos, justamente, en este caso, de los que sirven como ventaja y permiten que ese individuo pueda procrear y sobrevivir. Sin esta herencia no hay selección natural que valga ni evolución posible.  

   Hoy día se sabe que la selección natural es conservadora y procura mantener una especie en su más prístina pureza.[51]  

   Además, carece de todo sentido allí donde no hay reproducción sexual, lo que deja fuera de la selección al inmenso mundo de los unicelulares. Interesantes experiencias han ido demostrando que la selección encuentra límites que no puede franquear por más esfuerzos que haga el seleccionador. Simplemente, los animales prefieren morir a seguir cambiando.  

   Bergson cree que el evolucionismo de Spencer, el mejor logrado, debe ser puesto al día; y si bien su teoría no ha sido demostrada, "el testimonio de la anatomía comparada, de la embriología y de la paleontología" resulta imponentes.[52]

   Pero explicar el resultado final por pequeños cambios adaptativos, o por selección natural, resulta completamente imposible. Como ya ha sido demostrado, en un animal o vegetal todos sus elementos están correlacionados, de tal modo que admite algunos cambios solamente. Si se lo fuerza, prefiere morir. Aquí Bergson descubre, o mejor dicho redescubre, la noción de finalidad cara a la filosofía que reconoce la paternidad de Aristóteles. Por desgracia, como dice Gilson, “esta nueva noción debía su novedad a que era una vuelta a la antigua finalidad inmanente de Aristóteles, exceptuadas las formas que la hacían posible".[53]  

   Las formas aristotélicas serán reemplazadas por el élan vital, suerte de universal presente de todo ser vivo; presencia incomprensible para los aristotélicos que siguen pensando que lo único que existe en la naturaleza es el individuo. Sólo falta explicar por qué el élan vital produce organismos. La respuesta queda indefinida. Bergson sólo tienta una solución por vía de la adaptación, pero la respuesta última está fuera de su alcance por su concepción de la inteligencia y de la razón. En todo caso se le reconocerá siempre como el filósofo que mejor vio las deficiencias del mecanicismo.  

   A comienzos de este siglo, la teoría de la evolución conoció una aguda crisis. No se podía encontrar una causa de todo este proceso, pues las explicaciones de sus creadores, que hemos recordado, resultaban insuficientes. Pero un descubrimiento extraordinario permitirá renacer y hacer surgir lo que ahora llamamos neo‑darwinismo. El hallazgo salvador era el descubrimiento de las mutaciones: "ahora resulta claro que la evolución se produce por la mutación de genes y la permutación y reconbinación de genes realizada por la fecundación al azar de las células germinales".[54]  

   Realizada la mutación, la herencia, que es absolutamente conservadora, la reproduce, y la selección natural rechaza el inconveniente para dejar el paso libre a la más apta. Es el neo‑darwinismo. Lo que Darwin desconocía, el cómo se produce un cambio heredable, es conocido hoy; sin embargo, será la selección natural la que juzgue qué se conserva y qué se elimina.  

   Últimamente se ha descubierto que las mutaciones son causadas por alteraciones en el ADN, que son escasísimas, y que se heredan si afectan a los genes y cromosomas responsables de la reproducción de un individuo. La experiencia demuestra que las mutaciones que afectan órganos fundamentales son siempre letales, sólo pueden tener éxito las que afectan a caracteres accesorios. De lo que sé desprende que no podrán producir especies nuevas, sino únicamente variedades dentro de una misma especie. La razón última radica en que cada órgano está en relación con todos los demás. De modo que la aparición de una nueva especie requiere un número enorme de mutaciones simultáneas y que todas se den en el mismo sentido funcional y en el mismo instante. Claro que una mutación será funcional en un contexto dado y letal en otro. Por lo que no resulta posible prever si lo será o no. Por lo que las mutaciones explican, tal vez, la aparición de razas o subespecies; pero no se comprende cómo, por mero accidente fortuito, puedan aparecer órganos nuevos y una total remodelación de un animal.[55]  

   Continuamente se está experimentando en la creación de nuevas razas y toda suerte de híbridos para mejorar los cultivos agrícolas y la alimentación humana. Se ha descubierto así la inmensa influencia del medio como lo más decisivo en la creación de mejores razas según los requerimientos prácticos del hombre.  

   Sin embargo, han aparecido dos fenómenos convergentes e inesperados. Por una parte, las primeras transformaciones se logran rápidamente, pero a partir de cierto nivel los esfuerzos resultan menos productivos, hasta hacerse perfectamente inútiles. Por otro lado, las nuevas razas mejoradas, si se las abandona a su suerte, pronto regresan a su condición primitiva y se pierde todo el trabajo. Algo hay, pues, en las especies de una enorme tenacidad que se opone a todas estas manipulaciones humanas, permitiendo éxitos increíbles dentro de ciertos límites y nada más.[56]  

   Entre los biólogos que actualmente investigan el tema y defienden la evolución darwiniana, uno de los pocos que se adhiere a las ideas de Darwin es el profesor E. Mayr. Él niega que baste la mutación genética para que haya evolución.  

   Ésta rara vez es fruto de una mutación. La adquisición de una nueva función en una estructura preexistente es la verdadera causa. En este punto interviene especialmente el ambiente y la selección natural para confirmar las transformaciones ventajosas.[57] Vemos que este profesor de Oxford une la teoría de Darwin con la de Lamarck. En el mismo sentido Waddington refuerza aún más la tesis lamarckiana de la importancia de los esfuerzos adaptativos del propio organismo lo que lo lleva a desarrollar potencialidades latentes.[58] Ciertamente Darwin habría dado un tremendo salto al oír lo de las potencialidades latentes que le destruyen su selección natural y convierten el proceso en un desarrollo propiamente evolutivo cuya causa eficiente es preferentemente interior; en cambio, Lamarck y Spencer se habrían sentido muy bien interpretados.  

   La teoría de la selección natural sufrió un rudo golpe cuando Francis Galton (1822-1911) descubrió la regresión, según la cual los caracteres seleccionados por los criadores regresan a su estado primitivo en cuanto cesa la selección. En virtud de ello, Hugo de Vries (1848‑1935) decidió que la selección sólo era posible a saltos, no poco a poco como quería Darwin, sino en virtud de mutaciones que hiciesen aparecer de pronto organismos enteramente nuevos: "la selección por sí solano condice al origen de nuevas especies".[59]  

   H.J. Müller (1890‑1967) se dedicó intensamente a trabajar con mutaciones provocadas en laboratorio. Observó que la mayoría de ellas eran desfavorables. Llegó a la conclusión de que la selección natural se dedicaba a eliminarlas y de allí comenzó a imaginar la creación, por selección natural de mutaciones, de un hombre perfecto.  

   Sus teorías sirvieron enormemente a Hitler para sus sueños de una raza pura en base a la teoría del "gen silvestre" debilitado por genes de otras razas que lo contaminarían, y que si se lo lograra volver a su primitiva pureza daría, por fin, lugar al hombre perfecto.[60]  

   Los japoneses Kimura y Ohno han criticado fuertemente a los sostenedores de la evolución en base a la selección natural. Ambos investigadores insisten en el papel conservador de la misma, que favorece a los mejor adaptados. Para estos autores únicamente la mutación azarosa del ADN puede escapar a la rigurosa vigilancia que impone la selección natural y dar origen a la evolución. En consecuencia, regresan a la posición de De Vries, según la cuál, la evolución se produce por grandes saltos, por remodelaciones completas que hacen aparecer organismos totalmente nuevos, los que, sometidos a la selección natural, dan origen a las razas y subespecies.[61]

       

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  • * Fuente: separatas de “Iesus Christus”
  • [50] Barnett: ob. cit., Prólogo, pág. 8.
  • [51] Idem, pág. 9.
  • [52] Bergson: "La Pensée et le Mouvant", cit. por Gilson, ob. cit, pág. 212.  
  • [53] Idem, pág. 227.  
  • [54] Gavin de Beer: "Darwin y la embriología", en Barnett, ob. cit., pág. 140.  
  • [55] Cfr.: Salet, G., ob. cit., pág. 91‑99. Habría que consultar también los capítulos 9, 10, 11 y 12: pág. 183‑239.  
  • [56] Cfr.: Hammond, John: "Darwin y la cría de animales”, en Barnett, ob. cit., pág. 7‑26.  
  • [57] Nogar: ob. cit., pág. 291.
  • [58] Idem, ob. cit.
  • [59] Rothhammer: "El desarrollo de las teorías evolutivas de Darwin", Ed. Universitarias, Santiago de Chile, año 1981, pág. 24.  
  • [60] Idem, pág. 4-44.
  • [61] Idem, pág. 48-50