LA CRISIS DE
LA FE Y LA RUINA DE LA IGLESIA ROMANA (Respuesta
al Cardenal Joseph Ratzinger) (Cont.
4)
Dr. Carlos A. Disandro - La Plata, 1986 - La
Plata, 1986
Es en esta constancia
y según este concreto, physico, histórico, fenoménico plano viviente,
donde incardina el arte cristiano, la operación y presencia de la belleza,
como refulgencia de un esplendor de la misma organicidad teándrica. A ella
sigue por ende una virtud pedagógica y estética del arte cristiano, que no
puede depender ni agotarse en el trasiego epocal de los estilos y de las
formas. Por eso, es verdad que han acontecido (Cf. pág. 142) una mutación
cultural y "una mutación antropológica, sobre todo en los jóvenes, cuya
sensibilidad acústica se ha atrofiado a partir de los años sesenta por la
influencia de la música rock y de otros productos afines" y que hoy "sería
difícil hacer que muchos jóvenes escucharan los antiguos corales de la
tradición alemana" y menos aun que ingresaran en la cálida tensión
purificada desde luego -diría yo- del canto gregoriano. Pero
la
Iglesia no puede abandonar la pedagogía del canto, ni
entregarse a las deformaciones o supuestas deformaciones del oído,
señaladas por el arzobispo. ¿Qué hacer entonces? No era preciso ser perito
en nada, para darse cuenta de esta insoslayable contradicción, que impera
sin embargo desde los días de Pío X. El Ungeist diría Ratzinger, el
Ungeist del concilio y por ende de la Iglesia Romana optó por
los ritmos y percusiones aquerónticas, mientras los padres conciliares
habían legislado, aparentemente, con la prudencia constructiva de Pío XII.
¿Dónde radica el misterio de esta contradicción? Debe ser muy fuerte y muy
honda la raíz oculta de este desatino, pues el cardenal, que abomina de
ese fantasma germánico, llamado Ungeist, no propone nunca y menos en este
caso, y con la claridad teológica, estética y pedagógica requerida, lo que
sería el Geist, recóndito a lo qué parece en la constitución conciliar
sobre liturgia.
¿Por qué este olvido
consciente?
4) El Culto Mystérico es
"realización" (y sin ésta no hay Iglesia) y "participación" (y sin ésta no
hay emersión de la ciudad cristiana, de la cultura cristiana). Este es el
cuadro objetivo, completo, aunque sumario desde luego. Este además es el
problema de una renovatio pedagógica. Pero en veinte años se impuso la
insensatez, la soberbia racionalista, la ignorancia histórica y estética
de los peritos, y con ellas las fuerzas aquerónticas, a las que se sumó
alegremente Roma, destruyeron el Culto para destruir la
Iglesia.
No planteo aquí, en
ningún sentido, el problema de la posible cesación del sacrificio
eucarístico, como consecuencia de las manipulaciones nefastas sobre la
misa. Personalmente creo que consagraciones reales, plenas, mystéricas y
teándricas quedan pocas, o por lo menos se relegan cada vez más en el
ámbito de la
Iglesia Romana, y no sabemos si la larga y dolorosa
escisión con la semántica de la Iglesia Griega no
resulta ahora un remedio provisorio, hasta que se desate la tempestad
final. De cualquier modo, al responder al cardenal, no me propongo avanzar
en una temática que no está explícita en el Rapporto, y no quiero por
tanto infringir el propósito inicial de estas páginas. Pero de todos modos
son curiosos, como ya lo advertí, los silencios programados del arzobispo;
nada de la
Constitución Litúrgica, nada del canto gregoriano, nada
de Pío X, nada de la participación litúrgica, nada de la destrucción o por
lo menos cambio cultual de la misa, nada de la pedagogía para el
sacrificio, más importante que la catequesis sin duda, que la Iglesia debiera
recuperar, o recrear, o estimular y proteger. Muchos silencios enigmáticos
que se acentúan por cierto, frente a incongruentes sentencias,
afirmaciones y pasajes valorativos de lo que es, en cualquier forma, signo
del desastre.
5) Finalmente Culto e
Iglesia guardan una relación esencial, constitutiva, escatológica. En este
sentido, podría formularse un postulado fundamental, que no se avizora en
las reflexiones del arzobispo de Munich; toda eclesiología comienza por
una teología del culto y culmina con una visión trinitaria como la del
vidente de Patmos. Este es el único camino para ceñir la letra a la
realización, la profecía a la ontología, la historia a la resurrección y
glorificación de Cristo. Consecuentemente toda concepción inmanentista,
historicista, biblista del culto, que se funde en una perspectiva del
cambio semántico, como troquel propicio para receptar el cambio de los
tiempos epocales, avanzará inevitablemente hacia una eclesiología
inmanentista y proyectiva.
A estas condiciones
complejas y catastróficas se suma la semántica revolucionaria del, Bund
(alianza) entre "iglesia" y "mundo", que para Ratzinger parece ser parte
del Geist (positivo) del concilio, trocado en Ungeist (negativo) por no se
sabe qué misterio del maligno. Pero el maligno, el ponerós, está en el
Bund, propuesto por la nueva teología, por la nueva lectura del NT., por
el nuevo culto, el nuevo hombre y por ende la nueva Iglesia. Dos palabras
pues para concluir mi respuesta, precisamente enfrentando ese Bund
revolucionario de Ratzinger y Juan Pablo II, ese desembozado trocamiento
de las fuentes en procesos generativos.
La epístola I de San
Juan es un resumen acabado y entrañable de su Evangelio, una
transfiguración de su propio relato y su propia teología. Precisamente de
las tres sentencias, elegidas en la epístola (cf. pág. 15), la segunda
propone una dimensión
inexcusable sobre la agápe del Padre frente al agapan ton kosmon
(amar el mundo). No hay pues conciliación entre la esencia agapística y la
categoría mundana intercambiable. La esencia, el contenido, la
significación, en fin para decirlo con mi vocabulario, la semántica de
agápe incluye una exigencia radical: apartar y excluir el mundo. Pero
además, si recorremos a su vez, la semántica de mundo en el Evangelio, y
en general en el NT., no encontramos asidero para integrar el Bund
conciliarista y, ecuménico del Vaticano II en la teología y mucho menos en
la mística trinitaria.
Si exploramos el
artículo de Kittel (Theologisches Wórterbuch zum Neuen Testament. Band II
I., firmado por H. Sasse, en particular pág. 889/sgs.) es verdad que podemos profundizar un margen positivo
desde el lado de la
Encarnación y la Redención, la misión de
la
Ekklesía, etc. Pero esas relaciones no suspenden la
semántica configurativa de "mundo", sino que subrayan el acto de
reconquistar lo que está inmerso en el mundo, pero no es del
mundo.
Ahora bien, derivar
de esta peculiar ladera expresiva, que se tunda en una relación
sintáctico-semántica bivalente, una connotación positiva del mundo, tal
como la ha practicado y practica el aggiornamento desde Juan XXIII y el
concilio, parece un contrasentido teológico y místico, en cuanto por una
igualación de peso semántico entre Iglesia y mundo, se produce una
verdadera catástrofe geológica, que afecta las más profundas capas
semánticas de la revelación y de la Fe
teándrica.
En efecto, si leemos con atención
el texto griego del NT., no cabe ninguna duda que predomina siempre
explícita o implícitamente la lumbre inscripta en la sentencia de San
Juan, antes mencionada, y que el apóstol dimensiona desde la agápe la
totalidad del mysterio del Padre (que tanto preocupa a Ratzinger) y la
totalidad de la existencia del mundo. Esa reflexión afirma, no cabe duda,
en los inicios de la
Iglesia apostólica, la exclusión inabolible mentada por
el texto, so pena de destruir la agápe, como experiencia e inteligibilidad
de la Fe.
¿No estará aquí precisamente, en este dato esencial, y su trasbordo
revolucionario, que Ratzinger llama, más bien para velar que para
descubrir, Ungeist (contra-espíritu), la causa más profunda de la crisis
de la Fe en
Dios Padre y creador del mundo, y desde esa recesión de la Fe agapística, la ruina de
todo lo demás? ¿Cómo se corregirá la "mística" mundana de Juan Pablo II,
el culto del Hombre de Paulo VI, la "inculturación" de la Iglesia en las
instancias tribales que sobreviven y sobrevivirán en los tiempos modernos,
la absurda capitulación ante una ciencia, o supuesta ciencia, que pasa a
su vez por la crisis más grave de un conocimiento, integrado realmente en
el hombre?
Humanamente no tiene
salvación la
Iglesia mundana, sus bienes serán depredados hasta el
fin, su mística será relegada y sus sacramentos ignorados, destruidos y
befados.
¿Entonces? Entonces
en la
Iglesia se levantará un Esteban, que proclamará sin
ambages el Mysterio Trinitario y Teándrico, y será lapidado por los nuevos
fariseos y saduceos, por los nuevos escribas y doctores de la equipotencia
entre la agápe y el mundo. Tal vez serán los mismos hermanos epíscopos,
fervorosos fieles de esa equipotencia maligna, los que creerán reducir
definitivamente con esa muerte la pistis perikhorética a los términos del
mundo pervertido.
He aquí el corazón de
la quaestio, para toda la temática que desfila en mis modestas
reflexiones, fundadas empero en la tradición, lealmente estudiada y
entendida. Ni la iglesia, ni a fortiori el Mysterio Trinitario; ni el
culto, ni la
Fe, ni los cánones, ni la Escritura pueden perdurar en
el seno de la equipotencia semántica entre agápe y kosmos (en el sentido
del NT) y prorrogar el contenido teológico orgánico del texto sublime del
apóstol Juan (epístola 1). La Iglesia desde luego perdería,
pierde, ha perdido, con esa equipotencia, la densidad de su magistratura
perikhorética y es inevitable su disgregación histórica. La ekklesía sin
embargo es eterna e inabolible. He aquí el misterio de nuestros tiempos
conflictivos, la fuliginosa penumbra de su acontecer aqueróntico, la
exultación de los poderes mundanos que desprecian la santidad y por ende
desprecian el Santo. He aquí también la contradicción de Ratzinger, cuya
fe protegida de luteranismo por el barroco de la Contrarreforma, exalta
una Fe Romana, que es en cierto modo la continuidad fervorosa de Lutero.
Mayor paradoja sería imposible encontrar en tiempos tan
oscuros.
La eclesiología de
Ratzinger, supuesto que ostentara datos positivos y fundantes -y no tengo
inconveniente en concederlo- naufraga trágicamente en los escollos del
"mundo", y su piedad tridentina y vaticanosegunda erige altares vacíos, en
la contradicción insanable de su capitulación. ¿Para qué tanta erudición
bíblica, para qué tanta filosofía de la inmanencia y del fenómeno
restricto, si la
Palabra se transforma en tiniebla que anula precisamente
la perikhóresis, peregrina en el mundo, pero no del mundo, ya que su
origen es el recóndito asilo trinítario? ¿Y cómo puede ser fecundo el
"mensaje" (para usar un término tan de gusto conciliar), si no tiene
incardinación en esa perikhóresis? La Fe tiene inevitablemente una
dimensión excluyente, porque tiene un perfil. E insisto: Fe, en la
condición epocal de la historia, es proferición de la Fe, es semántica de
la Fe. El
Bund (alianza) revolucionario generado por el concilio y sus teólogos
nefastos es precisamente, desde el inicio, y sin mayores recursos
dialécticos, la perención de esa semántica. ¿Cómo podría construirse una
eclesiología no sólo válida para nuestro tiempo entenebrecido, sino
exultante y beatífica por su propia lumbre, aunque el mundo la
rechace?
Así llegamos pues al término de
nuestra respuesta, dolorosa, sufriente en su propia connotación de Vida
anhelada fervorosamente, en su propia soledad frente al poder de un clero
mundanizado, de una autoridad tiránica e írrita, de una cultura religiosa
descaminada, incongruente y destructiva. ¿Existe acaso un camino de
resolución y clarificación fecunda? ¿Existe algún estrecho sendero para
salir del obsesivo horizonte de Ratzinger sin caer en la negación lisa y
llana de la
Fe? Pues los que programaron, ejecutaron y prosiguieron
la semántica revolucionaria del concilio ¿serán acaso los mismos que
llamen ahora a Luis XVI o al zar Nicolás II, es decir, a Pío X y a Pío
XII? La ambigüedad de Ratzinger es el detalle lamentable del Rapporto. No
tiene sin embargo más que dos caminos: ser el primer Esteban en esta
Iglesia del fariseísmo conciliar y aceptar mansamente la lapidación física
o espiritual por la visión del Hijo de Dios, sin más acomodación semántica
y teológica; o seguir hasta el fin la ruta catastrófica del Ungeist
(contra-espíritu), que es la Unkirche
(contra-Iglesia).
Nosotros en esta
ribera de América, depredada por la Reforma, la Contrarreforma
y el concilio; nosotros abandonados, vilipendiados y en ocasiones
perseguidos sin cuartel, pedimos una sola cosa al cardenal inquisidor; que
no persiga en los fieles la pistis perikhorética, pues esto sería una
terrible confrontación contra el Espíritu. Que no persiga tampoco a los
fieles, hijos de la
Iglesia incambiable y que sea justo para que haya
claridad en la tiniebla teológica. La Iglesia necesita el clamor de
la Fe, no la
soberbia de los peritos.
Sin embargo, más que
esto, más que nuestro destino personal, que está en manos de Dios, interesan otras urgencias y otras constancias. Pues en
medio de una desazón que cunde, de una ruina que impera y de una
dialéctica, falaz e infecunda, me atrevo a clamar por, otros caminos,
misteriosos y plenos, por otras coronaciones a las que tal vez está
llamado su fervor germánico, me atrevo, Eminencia, a convocarlo desde esta
América que tiene hambre de santidad y no de dialéctica, esta América de
la
Iglesia, criada en su piedad y en su magisterio,
abandonada hoy a lobos depredadores y crueles.
Eminencia, elévese
Ud. hasta la conciencia agapística de San Esteban, sea Ud. un nuevo San
Esteban, frente a todos los obispos, incluso frente al supuesto obispo de
Roma; proclame una vez más ante todos ellos y ante fariseos y saduceos,
escribas y doctores bíblicos o psicosociólogos la Fe trinitaria, y se esfumará el
Ungeist ominoso, con todo su cortejo de manipulaciones, mentira y
corrupción siniestra e impía, caerá la obra nefasta de veinticinco años
tenebrosos, y la
Iglesia conocerá la pobreza y la persecución, desde
afuera, es decir desde el contorno del entero mundo que la odia. Muchos
fervorosos esperan esta audacia y este coraje stephánico, que es corona de
la
Iglesia; muchos también lo bendecirán y lo acompañarán,
lo fortalecerán con concentrada y pura plegaria sin pausa y sin soberbia,
y morirán también piadosamente con esa visión agapística, renovada y
sublime, nítida y exultante. Sanará la Iglesia y el mundo la
repudiará. En buena hora, se trazarán los nítidos abismos incambiables;
los abismos de la
Fe y los abismos del mundo. Volveremos al desierto y
estrecharemos al Santo contra nuestro corazón, no para pedir nada, no para
poder nada, no para regimentar nada, simplemente para bendecirlo,
exaltarlo, glorificarlo. Esa debe ser la obra de su Eminencia, ese debe
ser el reencuentro de la
Germania católica y de la Hispanoamérica
Imperial, por encima de la confesión de Ausburgo, de
Lutero, Calvino, Marx, pero también abandonando la falsa, la mortífera
ruta de la antroposofía y antropolatría de Pablo VI y Juan Pablo II. Este
es el único camino veraz y fecundo, el único martirio para estos tiempos
aquerónticos, la única salvación.
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