Elena de Skövde quedó muy
pronto viuda muy joven. Más que hundirse en la depresión, se puso en
seguida en plena actividad repartiendo limosnas (era de familia rica) y
planificando la construcción de una iglesia, que no existía en la
ciudad.
Al morir su yerno, la acusaron a ella de haberlo asesinado.
Para olvidar ese ultraje a su persona, se fue en peregrinación a Tierra
Santa, donde se quedó cuatro años.
A su regreso, se inaugura la iglesia. Y en este feliz día en
que podía ver, por fin, el templo en Gotene, alguien malintencionado la
asaltó y le dio muerte el 31 de julio de 1160.
Cuenta la leyenda que un ciego, acompañado por un niño,
recobró la vista al contemplar un rosal iluminado vivamente, ubicado en
el lugar en el que había caído asesinada Elena, a una distancia de unos
cuantos kilómetros de Skovde. En ese lugar también brotó una fuente de
agua. Gracias a este milagro, todo el mundo le llama Elins Kalla. En 1596,
el arzobispo luterano Angermano mandó que se enterrara la fuente. Todo
fue inútil porque el agua siguió saliendo de la misma forma. Al lado
mismo de la fuente había una capilla dedicada a la santa. La iglesia que
ella mandó construir, la devoró el fuego.
Se reconstruyó y el pueblo entero pedía que los restos de
Elena descansaran para siempre en la iglesia de Skovde. Hoy, en la vigilia
de san Juan, va mucha gente a a visitarla, sobre todo los enfermos.
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