De acuerdo con el Martirologio
Romano, que en este día conmemora "la pasión de San Simeón, niño,
cruelísimamente sacrificado por los judíos en Trento y después
glorificado por sus muchos milagros". En 1475, un muchacho de tres años,
llamado Simón, desapareció en el pueblo italiano de Trento; las
circunstancias eran tales que la sospecha recayó en los Judíos.
Esperando declarar sobre esta sospecha, uno de ellos "halló" el
cuerpo del niño en una canalización, donde después confesaron haberlo
tirado. El examen del cuerpo, reveló a todas luces que el muchacho no se
había ahogado; había heridas extrañas en el cuerpo, de circuncisión y
crucifixión. Según testimonios recogidos en Trento poco después de la
tragedia, un médico judío atrajo con halagos y secuestró al pequeño
con miras a la celebración de la Pascua judía. Después de crucificar al
niño y extraerle la sangre, los oficiales de la sinagoga ocultaron su
cuerpo por algún tiempo y, después lo arrojaron al canal. Se arrestaron aproximadamente a siete Judíos;
fueron torturados
y reconocieron que el muchacho había sido ritualmente asesinado con el
propósito de obtener sangre cristiana para mezclar con el pan ázimo
ceremonial; se hicieron estas confesiones separadamente y estuvieron de
acuerdo en la totalidad de los detalles esenciales. Se juzgó a los Judíos
y finalmente fueron ejecutados. El funcionario a cargo de la investigación
del crimen fue Jean de Salis de Brescia, un Judío convertido,
originalmente llamado Jean de Feltro, quien describió cómo su padre lo
dijo que Judíos de su pueblo, Lanzhat, habían matado a un niño en una
Pascua y de cómo mezclaron su sangre en el vino y en pasteles.
¡Nadie se ha atrevido alguna vez a
reprobar y negar los eventos históricos de este caso; sólo los Judíos
inventan "razones" de por qué no era un Asesinato Ritual!. Pero
no hay ningún escape a la conclusión opuesta. En 1759, en respuesta a
una apelación Judía de Polonia, la Inquisición envió al Cardenal
Ganganelli (que más tarde llegó a ser el Papa Clemente XIV) para
investigar e informar de todo este asunto, con referencia particular a los
muchos casos que por entonces se informaron en Polonia. (Ver Informe del
Cardenal Ganganelli, en el The Ritual Murder Libel and the Jew, de
C. Roth, 1935, pág. 83): "admito entonces como verdadero el hecho
del Bendito Simón, muerto a los tres años de edad, asesinado por los Judíos
en Trento en el el año de 1475 en odio de la fe de Jesucristo (aunque
sea discutido por Basnage y Wagenseil); por el famoso Flaminio Cornaro,
un Senador Veneciano, en su trabajo "El Culto del Niño San Simón de
Trento" (Venice, 1753) dispone de todas las dudas levantas por los
mencionados críticos". Los Judíos tratan de tirar a descrédito
a los jueces que condenaron a los asesinos Judíos. E Papa Sixto IV,
enfrentó la posibilidad de sancionar el culto de San Simón; pero la razón
de esto era que el culto no estaba aun autorizado por Roma, era un
movimiento popular sin autoridad. Este mismo Papa, más tarde,
expresó su aprobación del veredicto sobre los Judíos en la Bula Papal
XII Kal. Julio, 1478.
No tenemos sólo el testimonio acerca de lo
correcto de los procedimientos de Sixto IV; también de varios otro Papas;
Sixto V, quien reguló el culto popular de San Simón al ratificarlo en
1588, como lo citado por Benedicto XIV en Libro I, Ch. XIV, Nº 4 de su
trabajo En la Canonización de los Santos; también por el mismo
Papa Benedicto XIV en su Bulla Beatus Andreas del 22 de febrero, I755, en
que confirma a Simón como un santo, un hecho que omitió de los
argumentos de ese abogado de los Judíos, Strack (The Jew and Human
Sacrifice); Gregorio XIII reconociendo a Simón como un mártir, y
también visitando la urna; y, como ya se declaró, se obligó a reconocer
que era un caso de asesinato Judío en odio de Cristiandad según Clemente
XIV.
La urna de San Simón está en la Iglesia
de San Pedro, en Trento; se muestran reliquias de él todavía, entre
ellos el cuchillo sacrificatorio.
Para resumir, el Asesinato Ritual de San
Simón de Trento es apoyado por tal evidencia que quien dude de la
condena, en consecuencia, lo hace sin razón de las altas autoridades jurídicas
y eclesiásticas de cuya probidad e inteligencia no hay la más ligera
excusa para ponerlas en duda.
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