"¿Quién
eres Tú, Señor?"
Pregunta
acuciante y angustiosa que nos hacemos muchas veces en la vida ante el roce de
Dios. Porque, como dice Müller, "Dios es, en verdad, nuestro único tú en
el cielo y en la tierra".
Nos
hacemos esa pregunta siempre que Él se cruza con nosotros y tenemos la sensación
de lo trascendente sobre nuestra pobre barraca humana. Entonces la presencia de
Dios "se hace carne y habita entre nosotros". Como niños medrosos en
la noche clamamos: "¿Quién eres Tú, Señor?", sin atrevernos a
creer que es Él quien se ha metido de rondón en nuestras vidas. Dios mismo
asiste emocionado a nuestro asombro y se cumplen aquellas palabras de Martín
Descalzo en uno de sus poemas: y
Dios posó su mano sobre el alma del hombre, y todos los rincones comenzaron de
pronto a tener su sentido.
Dios
tiene infinitas maneras de hacerse presente. Pero casi siempre se le adivina. Y,
dentro de esas infinitas maneras, tiene como modos que le son más propios y
característicos. Hay un estilo de Dios.
Uno
de los rasgos que le distinguen, una de las formas de hacerse presente es la de
tomarse "revanchas a lo divino". Entonces Dios es más grande, más
majestuoso, más inaccesible a nuestra raquítica talla que cuando despide rayos
desde el Sinaí. Porque entonces es el Dios del Evangelio, el Dios que, a fuerza
de ser bueno, hace el milagro de hacernos buenos a nosotros.
¡Revanchas
de Dios! ¿Quién no las ha experimentado en su vida personal y no las ha
presenciado en el mundo y en la Iglesia?
Los
santos suelen ser las figuras representativas de esas "revanchas a lo
divino" porque sólo ellos se prestan a colaborar con absoluto desinterés
en los planes de Dios.
Un
escenario: Italia. Una época: últimas décadas de la Edad Media. Unos
personajes: Urbano VI, el antipapa Roberto, Pedro de Luna...
Las
ausencias de los papas en Roma por la falta de seguridad de Italia y por la
lucha de los partidos en Roma provocan el cisma de Occidente, con todas sus
consecuencias de relajación, indisciplina y desorientación de los espíritus.
Wenceslao
tenía entre sus manos el Imperio de Occidente. Manuel Paleólogo había
sucedido a su padre en el Imperio de Oriente, que había entregado al sultán
Bayaceto. Casia, después de su rebelión a la Santa Sede, se vio obligada a
combatir con los güelfos.
La
Iglesia tenía razón para llorar su unidad rota, las costumbres licenciosas de
sus hijos, la servidumbre de los papas al poder real.
Los
derechos de Dios son conculcados. Urge una revancha por parte de Dios, pero Él
se la toma a lo divino.
Para
confundir a los fuertes y "a los que son" saca de "los que no
son" una espada que ha quedado blandiéndose en los siglos sobre aquel gris
informe de tormentas y vejaciones. La saca de Roca Porrena, aldeílla próxima a
Casia, perteneciente a la Umbría, para que tenga sólo la luz y la fuerza
recibidas de Dios.
Rita
de Casia es una revancha a lo divino contra los abusos del Medioevo italiano.
Es
una manera de hacerse Dios presente. Bien
se podían preguntar en Italia ante aquélla niña ignorante y
extraordinariamente poderosa: "¿Quién eres Tú, Señor?".
Se
sentía a su contacto el contacto de Dios.
Vivió
Rita setenta y seis años. Y fue santa en todas las penosas alternativas de su
vida. Pasó por todos los estados: matrimonio, viudez, consagración a Dios en
el claustro.
Dice
Thomas Merton que "cada llamada especial confiere al hombre un lugar
particular en el misterio de Cristo, le otorga algo que hacer por la salvación
de la Humanidad". Pues bien; a Santa Rita le otorgó Dios mucho
quehacer por la salvación de la Humanidad al hacerla pasar sucesivamente
por todos los estados.
Nace
la niña el 22 de mayo de 1381 de una madre estéril. Sin duda, Amada Ferri,
como Sara o Isabel, dio saltos de júbilo al sentir sus entrañas fecundas. Y se
siguen los prodigios que, contemplados hoy desde la atalaya de su santidad, son
como lucecillas de Dios en el camino doloroso de su vida. ¿Qué le cuesta a
Dios rebasar el orden de la naturaleza por amor a sus escogidos o por amor a
cualquiera de sus hijos? Lo raro es que no lo rebase mas veces. ¿Será porque
nuestra fe no es ni como un grano de mostaza?
Y,
como a todos, le llegó a Rita esa edad en que canta la sangre en las entrañas,
y los dientes en sonrisas blancas, y la mirada en una luz nueva... Trece años.
Sus padres la casaron. Con ello su carrera hacia Dios se hizo más consciente, más
crucificada.
Los
procesos de canonización recorren esos caminos intrincados y luminosos. ¡Cuántas
virtudes! ¡Cuánta maravilla! ¡Cuánto de Dios! Me estremecía tenerlos en las
manos, porque allí se me hacían vida fresca e inmolada desde el amanecer hasta
el ocaso. Y era mucho el peso de tanta santidad.
Santa
Rita vive su matrimonio ungida con la mirra más amarga. Fernando Pablo es
cruel. Y la reduce a una vida dura y penosa. Así dieciocho años. Hasta que él
muere asesinado. Los santos aman con una intensidad y con una pureza
extraordinarias, porque su amor es la quintaesencia del amor, y el corazón de
la Santa sufre.
La
encina nacida entre los riscos de la Umbría tiene estremecimientos
terriblemente dolorosos. Es fuerte, pero se siente sacudida hasta las raíces más
íntimas de su ser. Sus hijos Juan Santiago y Pablo María quieren vengar la
muerte de su padre. Ella ofrece sus vidas antes de que lleguen a consumar el
crimen y mueren los dos. No quedan ya lágrimas en los ojos de aquélla mujer,
que templa su fortaleza en la Madre de un Hijo que murió por todos. Ahora ya
puede realizar sus primeras aspiraciones; consagrarse totalmente a Dios en el
retiro de un convento de agustinas. Pero es rechazada porque no es virgen.
¡Qué
madurez maravillosa la de Rita! Huele su campo a espigas granadas y en la
quietud serena de sus treinta y dos años puede ya contemplar su vida fecunda a
lo humano y a lo divino.
Es
preciso que vuelva Dios a intervenir con un prodigio para que Rita sea admitida
en el convento. Tres santos la introducen en él milagrosamente. Tommaso Nediani
describe así este pasaje de la vida de la Santa:
"Non
c'e nessuno a la finestra e la via è silente e deserta, ma una gran luce
meridiana tiene il cielo. Infine ella vide, no, non sogna, è ben desta: i suoi
Santi Patroni in una luminosa aureola d'oro, Yaustero Giovanni Battista nella
pelle di camello, Sant'Agostino nel ieratico paludamento episcopale, e San
Nicole da Tolentino nel nero saio agostiniano, che I'invitano ad andare con
loro."
Viene
después la época de intensas efusiones divinas. El dolor pasado ha concentrado
y purificado el amor, y ahora su unión con la voluntad divina, su oración, su
amor a la Eucaristía, su entrega al prójimo, su fortaleza, su prudencia, su
justicia, alcanzan unas cimas insospechadas.
Hemos
dicho que Santa Rita era "una revancha a lo divino". Allí, en un rincón
de la Umbría, como un gigante, mientras la Iglesia se desangra, lucha ella las
grandes batallas de Dios. Porque estas batallas no se ganan con fuego y con
acero, sino con la sangre del propio corazón a costa de un holocausto secreto y
constante.
Allí
vivió pobre, obediente y casta. Bien se le podían aplicar aquellas palabras de
San Agustín: "Custodi obedientiam,
ut percipias sapientiam et percepta sapientia, noli deserere obedientiam"
(S. AUGUST., In Ps. 118, XXII, 12). Ella adquirió esa sabiduría ignorada, pero
nunca abandonó la obediencia. Penetró hondamente el misterio de la cruz. Como
Francisco de Asís, se ve sellada con uno de los estigmas de la Pasión: una
espina en la frente, que le produce dolores insoportables y el martirio de ser
enojosa a los demás por el repugnante olor que despedía.
¿Alucinación?
¿Histerismo? ¿Fantasía?
No;
es el misterio de la cruz incorporado a su vida, que es ya un tejido
indescifrable de dolores. Pero esta crucifixión interior no se manifiesta al
exterior más que por un derroche casi infinito de dulzura y de caridad. El amor
ha llegado a su plenitud y se desborda en entregas.
Va
a Roma. Aquella Roma combatida recibiría con la visita de la Santa un impacto
nuevo.
No
faltan en el último período de la vida de Rita detalles deliciosamente poéticos.
Cuando su alma es como una viña cargada de frutos maduros, en un día blanco y
adusto de enero, fue a visitarla una amiga. Al despedirse le dijo que si quería
algo para su aldea.
-Sí le contestó-. Os ruego que, apenaas lleguéis al pueblo, vayáis al huerto
de mi casa, cortéis allí una rosa y me la traigáis.
También
le pidió dos higos maduros.
La
mujer creyó que la Santa deliraba. No sabía que los delirios de los santos,
Dios los hace realidades. En el jardín encontró milagrosamente florecida una
rosa y maduros los higos.
¡Qué
significativo es este pasaje de su vida! Tiene conmovedoras resonancias del
Cantar de los Cantares, cuando el Esposo, ansioso ya de la plena posesión de la
Esposa, le canta:
"Levántate,
amiga mía, esposa mía, y ven, que ya ha pasado el invierno y han cesado las
lluvias. Ya, han brotado en la tierra las flores.... ya ha echado la higuera sus
brotes... Levántate, amada mía, esposa mía, y ven" (3, 10-13).
¡Qué
importa que la naturaleza esté de invierno, si el alma de Rita está como los
trigales, rojos y granados por el sol!
El
22 de mayo, al cumplir cabalmente setenta y seis años, en el año de gracia de
1457, entregó a Dios su espíritu.
Sirvió
de edificación en su muerte, como había servido en su vida, porque la
muerte de los justos es preciosa a los ojos de Dios.
Fue
santa hasta la hora de nona... y ¡qué difícil resulta eso a la frágil
naturaleza humana!
Una
santa de la Edad Media que podría emplazarse muy bien en el siglo XX.
Una
maravillosa conjugación de valores divinos y humanos, de estados de vida.
La
noche de la fe de los santos, y por extensión de los cristianos, es la
contrapartida más lograda a la noche de desesperanza y angustia de la época
actual.
Los
modernos pensadores hablan de "un hálito oscuro" que impregna los años
que están por vivir. Ese vaho todo lo vuelve negro y amargo, monótono y vacío.
Es el paso de la angustia, que troncha de raíz la vida del espíritu.
En
cambio, en las noches de la fe, aunque más torturantes porque el alma ha
experimentado en otros tiempos algo de la luz de Dios, "estamos llenos de
presentimientos, experimentamos una proximidad muy grande como de brazos
abiertos y desde las estrellas un interminable advenimiento..." "Nos
hallamos envueltos por este nocturno
raudal de la luz de la fe, y allí estamos y vivimos, amando como se ama con
sencillez, sin buscar la razón o la esencia de la vida" (MÜLLER, Angustia
y esperanza).
La
fe es la que tiene poder para cambiar el "hálito oscuro" de los
modernos pensadores en hálito de esperanza. Y ya con la esperanza se superan
obstáculos, se allanan los caminos.
Los
santos están revestidos de un cierto sentido de infinitud y producen en el alma
la impresión de lo que está muy cerca de Dios. Dijimos que Él les constituye
en sus colaboradores, y por ello se obliga a regalarles más con sus dones. Los
santos son un eco de la eternidad de Dios. Por eso para ellos no hay tiempos ni
lugares, aunque también respondan, en el orden de la Providencia, a la
necesidad concreta de un tiempo y un espacio.
Santa
Rita, como todos los santos, es un triunfo definitivo de la fe y del amor. De
ese amor que nunca se da por vencido.
Mª
DEL PILAR ALASTRUÉ CASTILLO
ORACIÓN
¡Oh gloriosa Santa Rita de Casia! Con el alma
llena de confianza por los continuos favores que alcanzas del cielo, en bien de
tus fieles devotos, vengo hoy a tu presencia, a rogarte que intercedas con tu
Amado Esposo y Redentor del mundo, a fin de que oiga benigno lo que solicito de
su gran poder e infinita misericordia. A ti, que recibiste en el transcurso de
tu larga y santa vida, tantas y tan repetidas muestras de ser un alma
privilegiada de su Amor, te atenderá bondadoso, si le ruegas por mí con ese
ardiente fervor que siempre te animaba cuando te postrabas a orar a los pies del
santo Crucifijo. Por J. C. N. S. Amén.
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