Abril
En una Hora Santa
como ésta, hora de silencio y de plegaria íntima, confió Jesús-Eucaristía los
anhelos de su Corazón a Margarita María, su primer apóstol. ¡Oh!, qué momento de
ventura, qué solemne instante aquél, en que la tierra volvió a resonar con la
súplica ardorosa del Dios-Hombre, que, gimiendo, mendigaba amor... Sí, pedía
amor, y ofrecía en pago, no los tesoros ya entregados en la Cruz..., regalaba,
en esa noche radiante y deliciosa más que el cielo, nos entregaba su adorable
Corazón...
Cristianos
fervorosos: ¡Hosanna en las alturas!... ¡Él nos pertenece desde entonces por
entero!...
Almas
reparadoras: ¡Hosanna acá en la tierra!... ¡Él es nuestro en la vida y será
nuestro más allá de los umbrales de la muerte!...
Oremos,
hermanos, y si lo amamos, levantemos un clamor de fe y de caridad, roguémosle
nos descubra, en esta Hora Santa,
las ansias vehementes de su apasionado Corazón... “Revélanos, Señor Jesús, a
tus amigos, descúbrenos aquí, como a tu dichosa confidente los anhelos, los
propósitos de triunfo que encerraste en esta prodigiosa devoción.
Di,
Señor, ¿qué pides?... Habla sin tardanza, reclama con imperio, exige..., pues
ya ves cómo esperamos sedientos tu palabra... Somos tus consoladores...,
queremos ser el nido blando en que descanse tu cabeza destrozada; y acéptanos,
como a Gabriel, de aliento y de sostén en tu agonía redentora... Míranos,
Señor, como miraste a la Verónica, pues nuestras almas deben ser el lienzo de
pureza que recojan tus hermosas lágrimas... Aquí estamos los fidelísimos, los
resueltos, que hemos querido velar una hora con tu Corazón agonizante... Habla,
Jesús Sacramentado, ya que todos éstos que rodean el Calvario del altar
solicitan, como el Cireneo, el premio anticipado de llevar tu Cruz.
Corazón
Divino, cuéntanos en este instante de divina confidencia tus ambiciones de
reinado, confíanos tus anhelos de victoria... Ordena, Jesús, que muramos por tu
amor, y moriremos. Háblanos por esa herida del Costado, que, desde hace ya tres
siglos, está venciendo con ternura y con perdón al mundo... Que no nos hablen
otros... háblanos Tú, Jesús-Eucaristía, y viviremos...”.
(Pausa)
(Pedidle
gracia para escuchar su voz divina)
Voz de Jesús.
Acércate, alma querida, soy Yo, no temas... No traigo majestad que te
espante... vengo pobre, me llego a ti desamparado... no tengo en este instante
más resplandores de gloria que mis llagas, ni más tesoro que este Corazón que
te ha querido tanto... Soy el Nazareno, hijo del pueblo, nacido en un
establo... He sido un artesano humilde y pobrecito... he caminado descalzo y he
sufrido incertidumbres y penurias infinitas por el amor del pueblo. Quiero
reinar en él..., quiero ser su Soberano..., quiero que los humildes, que los que
trabajan, que los que sufren, acepten la realeza amabilísima de mi Corazón
Divino... ¡Oh, sí!... Quiero que el pueblo sea mío, conquistado en la desnudez
de Belén y del Calvario..., quiero y reclamo que la muchedumbre que llora, que
padece hambre de pan y sed de justicia, adore, crea, espere y ame..., quiero
que sea mía... Vosotros, mis amigos íntimos, preparadme esa Pascua y el trono y
la diadema en la Hora Santa...
Clamad ante el altar, rogad sin tregua y devolvedme así el alma de ese pueblo,
que me arrebatan indignados los que reniegan de la Cruz y de mi sangre. Haced
venir a mí a los pobres...; entronizadme en sus hogares, soy Jesús, el Nazareno
pobre...
(Pausa)
Las almas.
Sí, Jesús, Tú reinarás entre los pobres, y el pueblo, vencido por tu dulce Corazón,
te aclamará su Rey... Cediendo, pues a tu reclamo, recoge la plegaria que va a
resonar ahora mismo en tu Sagrario.
Por
tus lágrimas vertidas en la cueva humilde de Belén.
(Todos
en voz alta)
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas derramadas en secreto en el Nazaret de tus cariños.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas lloradas en la muerte de tu amigo Lázaro.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas sentidas que te arrancaron la ruina de tu pueblo y de tu patria.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas de sangre que empaparon el huerto de Getsemaní, mil veces
venturoso.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas amargas, arrancadas por la pérfida traición de Judas.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas de desengaño, lloradas en la triple negación de Pedro y en el
abandono de todos tus apóstoles.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus lágrimas de desconsuelo, derramadas al ver destrozado el Corazón de tu
Madre en la Vía Dolorosa.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus postreras lágrimas con que, en el Calvario, te despediste de la tierra, y
en especial, de los pobres tus amigos.
Triunfa
entre los pobres, tus amigos, ¡oh Divino Corazón!
(Pausa)
Voz de Jesús.
¡Cómo os bendice mi Corazón, consolado por la súplica ardorosa que acabáis de
hacerle!... Sí, triunfaré; soy Rey; para esto nací y vine al mundo. Ese mundo
ingrato, como un mar embravecido, me rechaza... En la barca de mi Iglesia
atravieso las edades ofreciendo la calma, la libertad, la paz a los humanos...
¡Ay, la tempestad arrecia!... Hay gobernantes que quieren el naufragio de la
Iglesia, esta Arca salvadora... y hay muchos hombres ricos, sabios, poderosos,
que, como el inicuo Sanedrín, traman la ruina del sacerdocio y de mi templo...
Mi Vicario está afligido... mi soberanía, desconocida oficialmente...
dispersos, por el huracán del odio, y desterrados mis apóstoles y amigos...
Profanados muchos lugares de retiro y oración...; conculcados mis derechos y mi
Ley... Soy Rey porque soy Jesús, el Hijo del Dios vivo.
¡Ah!, los que amáis de veras la gloria de mi nombre... vosotros,
al menos, mis amigos, pedid conmigo, pedid al cielo la victoria sacrosanta de
mi Iglesia... no olvidéis que sus congojas son las mías... Quien la ultraja,
ultraja y hiere mi Divino Corazón...
(Pausa)
Las almas.
Hemos oído, Jesús, la sentencia de blasfemia contra Ti y tu santa Iglesia... y
también el grito de dolor que te arranca esa ingratitud de los poderosos, a
quienes diste autoridad... y de las naciones a quienes otorgaste libertad por
tu Evangelio...
Perdona, Monarca escarnecido, y confunde a tus enemigos... te lo
pedimos con apremio fervoroso.
Por la desnudez y el desamparo de tu maravilloso nacimiento.
(Todos, en voz alta)
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por la oscuridad en que viviste tantos años en el taller de
Nazaret.
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por tu fuga tan penosa hasta el Egipto, perseguido por
encarnizados enemigos.
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por tu retiro de cuarenta días de plegaria y penitencia en las
soledades del desierto.
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por el desdén de los Doctores de Israel, por las afrentas con que
recibían la predicación de tu Evangelio.
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por la ingratitud con que te lastimaron tantos a quienes
bendijiste con bendición de milagros portentosos.
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
Por la veleidad incomprensible de ese pueblo que pagaba tus
favores pidiendo para Ti la sentencia de la Cruz...
Triunfa en tu Iglesia, ¡oh Divino Corazón!
(Pausa)
Voz de Jesús.
Almas fervorosas, si por lo menos, tuviera mi Corazón; ya tan lastimado y
perseguido, el refugio tan ambicionado del hogar... el calor de la familia.
¡Ay, ese santuario caería hecho pedazos si Satán y el mundo consiguieran
desterrarme de él, a Mí, que soy la vida en el amor! ¡Oh, preguntad a Lázaro, a
Marta y a María, mis amigos de Betania, qué mal resiste, qué dolor no se
endulza, qué herida no se cicatriza, cuando Yo, Jesús, traslado mis reales al
seno de un hogar que adora y ama!... Padres que arrastráis una vida fatigosa,
abrumados por el peso de incertidumbre y responsabilidades, dejadme entrar a
vuestro hogar... Yo soy el sol de paz, de fuerza: Yo soy el alma de una vida
nueva...
Madres
acongojadas..., que sufrís por vosotras y por vuestros hijos... madres
dolorosas, como mi dulce Madre..., ¿por qué no me invitáis a bendecir la aurora
y el crepúsculo, la paz y la tribulación, las risas y las lágrimas del hogar
querido?... Vosotros, testigos cariñosos de la mística agonía de mi Corazón en
el Sagrario, sabed que vuestra fe y que vuestro apostolado podrán abrirme las
puertas del hogar, que se me cierran culpablemente tantas veces. Velad por mis
derechos, y orad... pedid que reine en la familia cristiana y a pesar del
infierno, triunfará mi Corazón...
(Breve
pausa)
Las almas.
Jesús, errante Peregrino... ven... No quedes en el umbral de nuestras casas,
empapados tus cabellos y tu túnica en el rocío de la noche... Ven... y
entra..., y avasalla las familias de nosotros todos, que te amamos... ¡Oh, sí!
Jesús Esposo, Jesús Hermano, Jesús Amigo..., ven... Reina en todos los
hogares..., te lo rogamos.
Por
el amor filial que profesaste a tu divina Madre, por las ternuras y los
desvelos de su Corazón Inmaculado.
(Todos
en voz alta)
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
el afecto de santa intimidad que profesaste al Carpintero humilde, a quien
llamaste padre.
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
el cariño de predilección con que trataste a Juan, el apóstol de tus inefables
confidencias...
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
la simpatía que tuviste siempre por los pequeñitos del rebaño, por los niños,
tus amigos fidelísimos...
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
aquella amistad envidiable, deliciosa, de Betania..., donde no había sino un
solo sufrimiento insoportable y era el de tu ausencia.
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
la fineza que gastaste con los esposos de Caná y por tu ternura con la
arrepentida Magdalena.
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
Por
la deferencia que tuviste con Zaqueo, y con Simón el Fariseo... y, en fin, por
la sed que despertaste en el alma de la feliz Samaritana.
Triunfa
en los hogares, ¡oh Divino Corazón!
(Breve
pausa)
Voz de Jesús.
Puesto que habéis venido a consolarme, que no termine esta Hora Santa sin
recordar aquí, a mis plantas, a los preferidos de mi Corazón piadoso: son los
caídos, los pródigos, los extraviados del redil...
¡Ah,
cómo pasan delante de esta Hostia, que me oculta a vuestros ojos, cómo desfilan
los soberbios que ultrajan mi humildad..., los blasfemos que me escarnecen con
el fango..., los apóstatas y los impíos que llegan hasta mí con la hiel de su
sarcasmo...! ¡Ay!, qué numerosa es la legión de los ingratos... e infinito es
el número de los que me atormentan con glacial indiferencia... ¡Quién lo
diría!... los veo desde aquí; hay también amigos traidores, desleales... Sí, y
también hay niños..., oídme, madres, hay niños que maldicen el Corazón de
Jesús, su amigo.
Mi
alma está triste hasta la muerte, por la muerte del alma de tantos infelices
pecadores... Escuchadme: en este momento mismo están agonizando muchos de
ellos... Caed de rodillas..., cerradles el infierno con una plegaria fervorosa,
y abridles el cielo de mi Corazón, que los aguarda con perdón y misericordias
infinitas... Salvadlos..., son almas que me pertenecen..., su redención os la
confío.
(Pausa)
Las almas. Gracias, buen Jesús, por el don precioso de
esas almas extraviadas...; las quiero como mías, las amo como lágrimas de tus
divinos ojos... No pueden condenarse, no, mientras no cierres esa herida
hermosa de tu pecho... ¡Ah!, esa llaga, que es el Paraíso ha de quedar
eternamente abierta como el Cielo... Acoge, pues, benigno y manso, la súplica que
por el Corazón Inmaculado de María te presentamos en favor de los desventurados
pecadores... ¡Ay, y no olvides, Jesús, que los hay también en mi propio
hogar!...
Por
tu frente despedazada con la corona de espinas crudelísimas.
(Todos
en voz alta)
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus manos perforadas en castigo de habernos bendecido y perdonado.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus pies divinos traspasados, que dejaron en la tierra las huellas de la paz y
del amor.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus labios, que hablaron sublime caridad, y sintieron sed de nuestras almas
pobrecitas.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus ojos divinales, que prendieron la luz del Paraíso y que lloraron para no
ver las culpas, sino para lavarlas para siempre.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tu cuerpo sacrosanto, convertido en llaga viva para dar la vida al mundo.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
Por
tu Costado, abierto por la lanza venturosa, y en el que queremos guarecernos
en la vida, en la muerte y en la
eternidad.
Triunfa
en los pecadores, ¡oh Divino Corazón!
(Pausa)
Voz de Jesús.
No quiero que os alejéis de este Sagrario, amigos de mi Corazón, sin recordaros
una queja, siempre viva como el llanto que me arrancaron tantos, que se llaman
y que son mis amigos; tantos justos..., que me corresponden con tibieza... que
me ofenden, midiéndome su amor. ¡Ay!..., si supierais cómo llora, angustiado, el
Corazón de vuestro Dios, mirado con cortés indiferencia y con respetuosa
frialdad por los hijos de la propia casa... por aquellos que he sentado, día a
día, al banquete de mis gracias... por aquéllos que han vivido, hace años, al
sol de mis favores... por millares de almas que serían santas con sólo hundirse
en el abismo de mi pecho, en que nacieron, y en que han crecido, por
predilección gratuita de mi amor, tan mal correspondido... ¡Ah!, son almas que
me pertenecen, pero a quienes la tibieza abate..., son corazones buenos, pero
sin celo por mi gloria; me ven llorar en mi patíbulo y no lloran...; me
encuentran solitario en esta cárcel..., y se cansan de mi soledad...; no me
hablan..., hay un hielo que las mata y que me hiere... Se van y, como mis
apóstoles, me dejan a solas con mis angustias y mis ángeles.
Almas-verónicas
que estáis aquí, sedientas de beber mis lágrimas amargas, hacedme un
desagravio, por la herida tan cruel que me infiere la falta de fineza, de
generosidad y de celo de tantos de los míos... Cantadme amor, y amor
apasionado, y amor ardiente...; cantad el triunfo de mi gloria, el triunfo de
mi Corazón, a fin de que olvide la tristeza de verme tantas veces lastimado de
los hijos predilectos..., herido cruelmente, en mi propio hogar... Vosotros,
que ardéis en mi caridad y en fervor de celo..., tened piedad de aquel Jesús
que busca confidentes, apóstoles y amigos... y no los encuentra..., porque
hablo, redimo y santifico con la Cruz... Vosotros, que me amáis de veras,
consoladme con celo y amor de santidad.
(Breve pausa)
Las almas.
También yo, Señor Jesús, he sido de los tibios que se mantuvieron a distancia
de tu Corazón, por temor del sacrificio... He temido las santas exigencias de
tu caridad y de tu ternura...; he temido verme prendido en las redes de tu
hermosura...; he recelado de caer en tus brazos, y tener que rendirme sin
reserva y para siempre a tu Corazón, irresistible,
vencedor... Perdona, Jesús..., perdona también y olvida esa culpa de apatía, de
pobreza en el cariño, de irresolución en el sacrificio, de tantos amigos que Tú
predestinaste a mucha gloria y santidad... Perdónanos y triunfa...
Por
las primeras palabras de ternura con que, cuando niño, hiciste sonreír a tu
dulce Madre.
(Todos)
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de bienaventuranza en el sermón de la Montaña.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de intimidad y de consuelo a tus amigos tan amados de Betania.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras vencedoras de los doce apóstoles, simiente y esperanza de tu
Iglesia.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de inefable bendición para la infancia, siempre predilecta.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de caridad y de esperanza que recogieron los enfermos, los tristes
y los pobres.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de promesa incomparable para los atribulados, los humildes y los
desprendidos de la tierra.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
tus palabras de infinita dulcedumbre con que te despediste de los tuyos en la
noche del incomparable Jueves Santo.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Por
las siete últimas palabras con que nos legaste tu espíritu y tu Madre, al
expirar en la cima del Calvario.
Triunfa
en los justos, ¡oh Divino Corazón!
Voz de Jesús.
He venido a prender fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Con ese
fin de caridad, he aquí en esta Hostia, el Corazón que ha amado a los hombres
hasta la muerte, y muerte permanente de altar, de Eucaristía... Me encadené por
vosotros a la tierra... y la tierra me tiene relegado en cautiverio de
indiferencia, de desdén y de cruel olvido: mi cárcel es de hielo. ¿Dónde están
mis redimidos?... ¿Dónde las almas consoladas y libradas de la muerte? ¿Dónde
los que alimenté con pan milagroso en el desierto?... ¿Qué se han hecho los
ciegos del alma, los leprosos de corazón, sanados en esta fuente prodigiosa,
que es mi pecho atravesado?... ¡Ah, gemid conmigo, vosotros mis amigos, que
habéis venido a interrumpir el silencio doloroso de mi prisión de amor! Estoy
encarcelado y habéis venido a visitarme... ¡Oh, no me dejéis!... Llevadme,
ahora al mundo y contadle mi amor y mi cautiverio de vuestros amantes
corazones... Id ahora al mundo y contadle mi amor y mi abandono... Traedlo
aquí... Que venga dolorido, ansioso de consuelo... Traedme almas, despertad en
ellas sed de comulgar... Predicad mi Santa Eucaristía... y glorificad la Hostia
donde vivo Yo, Jesús de Nazaret, de Betania y del Calvario... Venid a mí, en
este Sacramento; honradme en él, amad y haced amar mi entristecido Corazón.
(Pausa)
Las almas.
No es otra, Jesús-Eucaristía, nuestra ambición de amor sino arrastrar las almas
hasta el Sagrario... y conseguir que, enamoradas de
ti, busquen asilo eterno en tu Sagrado Corazón. Por esto, colocamos en un altar
de oro, en el Corazón Inmaculado de María, una plegaria que endulzará las
amarguras de tu prisión... Escúchanos, Jesús Sacramentado:
Por
el ultraje de tu prisión del Huerto, y por el beso inicuo que te entregó.
(Todos)
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
la bofetada cruel que afrentó la hermosura de tu faz divina.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
la irrisión cruel y la sangrienta befa de que fuiste objeto toda la noche
angustiosa del Jueves Santo.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
la ignominia de la flagelación de esclavo, a que te condenó un juez cobarde.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
el vilipendio a la majestad de tu persona al ser vestido y tratado como loco.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
la afrenta crudelísima de ser equiparado y aun pospuesto a un villano criminal.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
Por
la fiereza del verdugo que, sin respetarte en la agonía blasfemando, colocó en
tus labios moribundos la hiel de nuestra ingratitud.
Triunfa
en tu Eucaristía, ¡oh Divino Corazón!
(Breve
pausa)
Señor,
Tú reinarás por tu Divino Corazón, a pesar de Satán y sus secuaces; ¡sí, Tú
reinarás!
El
pueblo será tuyo, pues le dominarás con cetro blando de misericordia y él,
tranquilo o agitado, te cantará como el mar y te aclamará su Rey... Apresura,
pues, Jesús, el triunfo prometido de tu dulce Corazón.
Señor,
Tu reinarás, glorificado por tu Santa Iglesia... Ella pondrá en tu frente una
diadema de almas, y Tú serás exaltado por encima de todas las potestades del
cielo, de la tierra y del abismo... Apresura, pues, Jesús, el triunfo prometido
de tu dulce Corazón.
Señor,
Tú reinarás, cantado y bendecido en el hogar creado por tus dolores y
santificado por tu Madre... En él serás “entronizado”, por tus ternuras.
Apresura, pues, Jesús, el triunfo prometido de tu dulce Corazón.
Señor,
Tú reinarás, atrayendo al abismo de la vida, a tu Corazón, los empedernidos
pecadores, que no adoran y que no aman... Tú quebrantarás sus cadenas y los
harás libres, en el cautiverio de tu amor... Apresura, pues, Jesús, el triunfo
prometido de tu dulce Corazón.
Señor,
Tú reinarás desde la Hostia Sacrosanta, Tú vencerás en el comulgatorio,
dominarás la tierra por la amable omnipotencia de tu Divina Eucaristía... Sí,
por ella recobrará los dominios que conquistó tu amor hasta la sangre, hasta la
muerte de Cruz, hasta el exceso de tu inmolación sacramental... Apresura, pues,
Jesús, el triunfo prometido de tu dulce Corazón... Apresúrate, Maestro, y
sálvanos por él...
(Padrenuestro
y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.
Padrenuestro
y Avemaría por los agonizantes y pecadores.
Padrenuestro
y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión
frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización
del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
(Cinco
veces)
¡Corazón
Divino de Jesús venga a nos tu reino!
Acto
final de consagración
El
divino fuego que viniste a prender en la tierra, se ha encendido, Jesús, amado,
en nuestras almas, y llevados de él, ya no sabemos pedir ni desear sino tu
gloria.
Tú
lo dijiste al revelar las maravillas de tu Corazón; él es el supremo y el
último recurso de redención humana. Apoyados, pues, en tus revelaciones,
acudimos a tu altar en busca de palabras de vida eterna, y a tu Corazón
adorable, anhelosos de aquellas aguas que deben regenerar el mundo,
inflamándolo en tu caridad.
¡Oh!,
sé Rey de los ingratos, que te miran como un Soberano derrocado en sus almas infelices;
reconquístalos, Jesús, por tu perdón.
Sé
Rey de los apóstatas que te miran como Monarca de escarnios, y que ríen,
desdeñosos, al quebrar el cetro de tu divina realeza; vuélveles la luz perdida
y véngate de sus ofensas, perdonando esas traiciones.
Sé
Rey de las muchedumbres soliviantadas por aquellos sanedristas, Jesús, que te
aborrecen... Calma ese océano rugiente de almas pervertidas, desorientadas...,
impera por tu Evangelio y gana el corazón del pueblo por tu Sagrado Corazón.
Sé
Rey de tantos buenos, pero tímidos y apáticos, que temen exagerar en el tributo
de amor encendido que te deben... Derrite el hielo, sacude el sopor maligno en
que viven tantos, mientras el mundo te juzga y te condena.
Sé
Rey en los hogares, ¡oh, sí!; traslada a ellos tus reales, inspira Tú la vida
de trabajo, de amores y de penas de las familias que te han brindado el sitial
de honor entre los padres y los hijos...
Sé
Rey, en fin, en los Sagrarios; rompa ya el silencio de tu cárcel un himno
inmenso, universal, de familias, de pueblos y naciones, himno de amor que diga,
del uno al otro confín de la tierra redimida: ¡Alabado sea el Divino Corazón,
por quien hemos alcanzado la salud!... ¡A él, sólo a él, gloria y honor por los
siglos de los siglos!... ¡Venga a nos tu reino!... Amén.
(Cinco
veces, en voz alta)
¡Corazón
Divino de Jesús, venga a nos tu reino!