EL COMERCIO (PERÚ), Suplemento El Dominical, 30 de enero de 1972.
Una andanada de preguntas a Mario Vargas Llosa

El último libro de Mario Vargas Llosa no es un libro de creación sino un libro de crítica, un ensayo literario. Se llama García Márquez: historia de un deicidio, y al verlo hay quienes creen que la frase que está tras los dos puntos es el título de una novela escrita a cuatro manos por los dos célebres novelistas. No es así, claro está; pero saberlo es todavía saber poco. Para enterar a nuestros lectores de algo más, vamos a visitar a Vargas Llosa, a interrumpirlo mientras hace maletas para tomar un barco y regresar a Europa. Cuando se lean estas líneas estará en pleno viaje, luego de una visita de varios meses al Perú.

Mario Vargas Llosa, 1972. FOTO: El Comercio (Lima)

Frente a su libro sobre García Márquez uno no puede menos que suponer que ese trabajo le ha demandado tanto tiempo y esfuerzo como una novela, y entonces se pregunta por qué prefirió Ud. -esta vez- el estudio a la creación. Y se pregunta también: ¿Por qué García Márquez? ¿Por qué un autor vivo y tan próximo al propio Vargas Llosa? ¿Considera acaso que Cien años de soledad culmina y cierra una obra? ¿Es que ha elegido esa obra porque la juzga la mejor dentro de la actual narrativa latinoamericana? Ya ve: uno se pone frente a su último libro y se le empiezan a ocurrir las preguntas. Le he dicho algunas, como muestra. ¿Me las contesta todas como si fueran una?

Mario y Patricia en San Juan, Puerto Rico, 1969. FOTO: mvargasllosa.com

-Bueno, son tantas preguntas a la vez que no sé por dónde comenzar. Quizá lo mejor sea que le cuente en cuatro palabras la historia de este libro. Su origen remoto fue, claro, el entusiasmo que me produjo Cien años de soledad: leí la novela con verdadero deslumbramiento y quedé convencido de que era una de las obras narrativas más importantes que se habían escrito en nuestra lengua, desde siempre. Lo que probablemente me sedujo más en el libro no fueron su ingenio, su brillantez, la limpieza y eficacia de su prosa, sino su desmesurada y casi terrible ambición: esa voluntad de construir un mundo tan vasto, de aprisionar tantas cosas y tan diversas dentro del espacio novelesco. Tuve la sensación de que era la novela que más se acercaba, entre las contemporáneas, a esa utopía de totalidad que alienta en todo novelista. Bueno, algún tiempo después estuve en la Universidad de Puerto Rico como profesor visitante, por un semestre, y cuando me preguntaron qué cursos quería dictar, elegí dos, que, al fin, terminarían siendo las dos caras de uno solo: uno sobre la obra de García Márquez y otro sobre la vocación del novelista. El primero quería ser un análisis bastante técnico de los cuentos y novelas de García Márquez, y el segundo quería intentar dar una respuesta a preguntas como: ¿por qué un hombre decide un día escribir novelas?, ¿es algo casual, obedece a una especie de fatalidad, uno elige libremente una vocación literaria o es precipitado a ella? Y luego, cuando esta vocación ha sido asumida, ¿a qué se debe que un novelista escriba sobre ciertos temas y no sobre otros?

¿Hay en esto una libre elección o el escritor es esclavo de ciertas experiencias que fatídicamente se traducen en materiales de su obra? Y, finalmente, ¿existen ciertos procedimientos congénitos al género novelesco, presentes en toda novela, o reina en este dominio la arbitrariedad total y cada novelista inventa sus técnicas con prescindencia absoluta de las de los demás? Los dos cursos resultaron uno solo, porque como yo había reunido un gran material bibliográfico sobre García Márquez -sobre todo, reportajes-, su "caso" de escritor me servía muchísimo para el curso general sobre la vocación, y, a la inversa, todo lo que en este curso hacía sobre la forma novelesca trataba de verificarlo en el curso sobre la obra de

García Márquez., en sus cuentos y novelas. Ese año terminé Conversación en La Catedral. La novela me había costado un gran esfuerzo y me sentía literalmente exhausto, sin ánimos para emprender de inmediato otra aventura narrativa de dos, tres o cuatro años. Como, además, dictar esos dos cursos había sido una experiencia muy estimulante, decidí escribir un pequeño ensayo, resumiéndolos. Pensé que sería un trabajo rápido y algo refrescante, un respiro mientras tomaba fuerzas para otra novela. Pero no fue así, porque en Londres volví a dictar el curso en la Universidad, ampliándolo mucho, y la redacción misma del libro me tomó más de un par de años. Esa es, dolores de cabeza aparte, la historia de García Márquez: historia de un deicidio.

¿Se considera Ud. un crítico digamos crítico, o un "crítico practicante", como llama Eliot al creador que emprende estudios literarios? ¿Cree Ud., como Eliot, que el creador no puede ser un crítico objetivo? ¿Ha sido Ud. subjetivo en su trabajo sobre García Márquez? ¿Admite que su visión de esa obra pueda estar determinada por sus propias ideas y experiencias sobre el hecho literario y su génesis? ¿No habrá ido Ud. a buscar en ella una confirmación para sus propias concepciones? Pero otra vez son muchas las preguntas. Le haré una, una sola, después, al último. Ahora lo escucho.

Bueno, creo que la designación más apropiada sería la de "crítico practicante", tal como la definió Eliot: para mí lo más importante es escribir novelas y pienso que toda la crítica que he hecho ha sido una estricta consecuencia de esa vocación. Creo que nadie puede ser un crítico totalmente objetivo, pero es evidente que el creador puede serlo mucho menos que aquel para quien la crítica es la vocación primordial. El problema que usted me plantea me inquietó mucho mientras trabajaba el libro: ¿hasta qué punto estaba manipulando inconscientemente la obra y el caso de García Márquez para que coincidieran con ciertas convicciones mías? Es evidente que toda la primera parte del libro estudia el caso de García Márquez a partir de ciertas premisas básicas y anteriores al estudio mismo, que están expuestas al lector con detalle: pienso que el origen de la vocación es éste, que la elección de las fuentes se produce según este proceso, etc. Y en el caso de García Márquez estas trayectorias se encarnaron en estos episodios y anécdotas, etc. Es la parte más subjetiva del libro, aquella donde seguramente estoy yo tan metido (quizás más metido) que el propio García Márquez. En cambio, en la segunda parte, en el análisis de la obra, he tratado de ser lo más objetivo de que era capaz. En verdad que llevaba la idea previa de que las técnicas narrativas son apenas un puñado que adoptan formas distintas en cada caso. Pero mis ideas generales sobre la forma son allí secundarias: lo importante es saber si con estas armas formales se puede vencer las murallas de los cuentos y novelas de García Márquez y averiguar qué hay detrás y debajo de ellas. Si eso está conseguido o no es algo que no puedo saber, que sólo los lectores del libro podrían responder.

De todos modos, quisiera añadir algo sobre la crítica en general. Al cabo de los años (vaya, ¡estoy hablando como un viejo decrépito!) he descubierto que la crítica literaria me importa sobre todo por el propio crítico, no por lo que critica. Quiero decir que lo que busco en un ensayo no es tanto la fidelidad y el respeto del autor hacia la obra que analiza, sino la imaginación y la personalidad del propio crítico, su capacidad para crear a partir de las creaciones ajenas. Quiero decir con esto que una visión crítica de una obra puede parecerme inexacta y hasta falaz y al mismo tiempo admirable, y, al revés, una interpretación muy justa pero aburrida y tontísima. No creo que haya un crítico tan arbitrario como Octavio Paz y sin embargo es uno de los más agudos y enriquecedores que conozco: estoy seguro que ni Darío ni Basho son como él dice, pero qué importa, si es evidente que él se está sirviendo de Darío y de la poesía japonesa para hablar de otra cosa. El crítico que más me interesa es aquel que utiliza la literatura como el novelista utiliza la realidad: como una materia prima que sirve para construir algo distinto, que expresa y niega al mismo tiempo su modelo. Es el caso de un Sartre cuando habla de Baudelaire y de Genet, el de un Edmond Wilson o el de un Steiner.

Y aquí va la última pregunta. A ver si es una sola. ¿Qué es lo que hace ahora?; quiero decir, ¿qué escribe? Cuéntenos algo sobre eso que escribe. Porque Ud. siempre está escribiendo ¿no?

-Ahora estoy tratando de escribir otra novela, que ya tiene título: Pantaleón y las visitadoras. Es un viejo proyecto, una historia que quería contar desde la primera vez que fui a la selva, en 1958. Pero otros libros lo aplazaron hasta ahora. Además, gran parte del relato transcurre en Iquitos y yo ni siquiera conocía esa ciudad. Ya estuve allá, unas semanas, y vi y oí muchas cosas que me hacían falta. Tengo muchas notas, algo escrito, y unas enormes ganas de trabajar. Pero lo cierto es que hasta ahora no he podido zambullirme a fondo en la historia; he estado demasiado disperso, ocupado en cosas tontas, en compromisos a veces absurdos de los que nunca sé librarme. Apenas llegue a Barcelona, en cambio, espero meterme en cuerpo y alma en el escritorio hasta acabar con Pantaleón, para poder comenzar otra historia que tal vez se llamará "Gimnasio Remigius", y luego otra, una antigua ambición que se ha avivado considerablemente ahora, al ver lo que ocurre aquí con "Nino": una novela sobre el radioteatro en particular y el melodrama y la huachafería en general. Como ve, escribir un ensayo me ha servido para llenarme de entusiasmo y de proyectos novelescos.

Con José Maria Castellet, en Iquitos, Perú. 1972. FOTO: mvargasllosa.com

La historia misma de Pantaleón y las visitadoras gira alrededor de un personaje central, un oficial de intendencia al que un día la superioridad envía a Iquitos a organizar un servicio de niñas malas para las guarniciones de frontera. A este oficial le ocurre entonces eso que Borges dice de muchos personajes suyos: se encuentra con su destino. Había sido un oscuro y puntual administrador, impecable en la organización de los ranchos y la distribución de prendas de vestir, esposo fiel y padre de familia ejemplar. La nueva función hace de él un creador, casi un genio. Todavía no conozco los detalles de su trayectoria, pero la siento como atestada de peripecias pintorescas y risueñas. Es la primera vez que siento una historia con humor, con mucho de juego. Es algo que no aparece en nada de lo que he escrito hasta ahora ¿no? Será una novela corta, algo así como Los cachorros; en fin, quién sabe, Historia de un deicidio iba a ser un folletito y, ya ve, tiene casi setecientas páginas...

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© Augusto Wong Campos, 2001. Yahoo! Geocities Inc.