PREMIO INTERNACIONAL DE NOVELA RÓMULO GALLEGOS
Ganador de la I Edición realizada en 1967: "La Casa Verde" (1965), del peruano Mario Vargas Llosa
Premio de gran importancia en las letras hispanoamericanas gracias a la lista de ganadores de este premio: además de Mario Vargas Llosa, sus contemporáneos Gabriel García Márquez (Cien años de soledad) y Carlos Fuentes (Terra Nostra) obtuvieron el premio en las ediciones siguientes. Es decir, las tres primeras ediciones del premio venezolano lo obtuvieron los tres principales exponentes del "boom" latinoamericano.
EDICIÓN I |
El Premio Internacional de Novela Rómulo
Gallegos, justa novelística dirimida por primera
vez el 2 de agosto de 1967, fue creada en Venezuela el
1° de agosto de 1964 por decreto N° 83 del entonces
Presidente de la República, Raúl Leoni, con la
finalidad de perpetuar y honrar la obra del eminente
novelista y estimular la actividad creadora de los
escritores de habla castellana. El premio en metálico,
además de medalla de oro y diploma, era de cien mil
bolívares (Bs.100.000,oo), Había trece jurados
distribuidos entre todos los países de habla hispana,
quienes remitían su veredicto a un jurado internacional
constituido por Andrés Iduarte (México), Benjamín
Carrión (Ecuador), Fermín Estrella Gutiérrez
(Argentina), Juan Oropesa (Venezuela) y Arturo Torres
Rioseco (Chile). Por tratarse de un Jurado Internacional,
receptor central de veredictos, tan sólo hubo de
seleccionar entre las obras representativas que
concurrieron al certamen, según la selección y
recomendación de los trece Jurados Nacionales elegidos
en los respectivos países. Concurrieron a esta
convocatoria diecisiete novelas. A pesar de que en las
bases se estipulaba que no se nombrarían finalistas, la
prensa nacional señaló como tales a Los burgueses,
de Silvia Bullrich (Argentina) y Juntacadáveres,
de Juan Carlos Onetti (Uruguay). El Jurado Nacional de
Venezuela, en el cual figuraban Fernando Paz Castillo,
Pbro. Pedro Pablo Barnola S.J. y Pedro Díaz Seijas,
estaba facultado para llevar cualquier novela a la
consideración del Jurado Internacional y, en uso de esta
licencia, recomendó La Casa Verde del escritor
peruano Mario Vargas LLosa, obra que resultó favorecida
por sus innegables cualidades literarias y superioridad
innovadora (1967). La entrega del I Premio se realizó cuando presidía el INCIBA el Doctor Simón Alberto Consalvi y fue realizada con la presencia del Maestro Rómulo Gallegos. |
SOBRE EL PREMIO:
La literatura es fuego
Texto del discurso de Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos el 4 de Agosto de 1967 en Caracas.
Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y "Cinco metros de poemas" de una delicadeza visionaria singular. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Mercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica, nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado, convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y, en todos estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la suerte de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su único libro, encerrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus poemas, que ya nadie lee, terminen muy pronto trasmutados en humo, en viento, en nada, como la insolente camisa colorada que compró para morir. Y, sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesarias para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación.
Convoco aquí, esta noche, su
furtiva silueta nocturna, para aguar mi propia fiesta, esta
fiesta que han hecho posible, conjugados, la generosidad
venezolana y el nombre ilustre de Rómulo Gallegos, porque la
atribución a una novela mía del magnifico premio creado por el
Instituo Nacional de Cultura y Bellas Artes como estímulo y
desafío a los novelistas de lengua española y como homenaje a
un gran creador americano, no sólo me llena de reconocimiento
hacia Venezuela; también, y sobre todo, aumenta mi
responsabilidad de escritor. Y el escritor, ya lo saben ustedes,
es el eterno aguafiestas. El fantasma silencioso de Oquendo de
Amat, instalado aquí, a mi lado, debe hacernos recordar a todos
-pero en especial a este peruano que usteddes arrebataron a su
refugio del Valle del Canguro, en Londres, y trajeron a Caracas,
y abrumaron de amistad y de honores- el destino sombrío que ha
sido, que es todavía en tantos casos, el de los creadores en
América Latina. Es verdad que no todos nuestros escritores han
sido probados al extremo de Oquendo de Amat; algunos consiguieron
vencer la hostilidad, la indiferencia, el menosprecio de nuestros
países por la literatura, y escribieron, publicaron y hasta
fueron leídos. Es verdad que no todos pudieron ser matados de
hambre, de olvido o de ridículo. Pero estos afortunados
constituyen la excepción. Como regla general, el escritor
latinoamericano ha vivido y escrito en condiciones
excepcionalmente difíciles, porque nuestras sociedades habían
montado un frío, casi perfecto mecanismo para desalentar y matar
en él la vocación. Esa vocación, además de hermosa, es
absorbente y tiránica, y reclama de sus adeptos una entrega
total. ¿Cómo hubieran podido hacer de la literatura un destino
excluyente, una militancia, quienes vivían rodeados de gentes
que, en su mayoría, no sabían leer o no podían comprar libros,
y en su minoría, no les daba la gana de leer? Sin editores, sin
lectores, sin un ambiente cultural que lo azuzara y exigiera, el
escritor latinoamericano ha sido un hombre que libraba batallas
sabiendo desde un principio que sería vencido. Su vocación no
era admirada por la sociedad, apenas tolerada; no le daba de
vivir, hacía de él un productor disminuido y ad-honorem. El
escritor en nuestras tierras ha debido desdoblarse, separar su
vocación de su acción diaria, multiplicarse en mil oficios que
lo privaban del tiempo necesario para escribir y que a menudo
repugnaban a su conciencia, y a sus convicciones. Porque, además
de no dar sitio en su seno a la literatura, nuestras sociedades
han alentado una desconfianza constante por este ser marginal, un
tanto anónimo que se empeñaba,
contra toda razón, en ejercer un oficio que en la circunstancia
latinoamericana resultaba casi irreal. Por eso nuestros
escritores se han frustrado por docenas, y han desertado su
vocación, o la han traicionado, sirviéndola a medias y a
escondidas, sin porfía y sin rigor.
Pero es cierto que en los últimos años las cosas empiezan a
cambiar. Lentamente se insinúa en nuestros países un clima más
hospitalario para la literatura. Los círculos de lectores
comienzan a crecer, las burguesías descubren que los libros
importan, que los escritores son algo más que locos benignos,
que ellos tienen una función que cumplir entre los hombres. Pero
entonces, a medida que comience a hacerse justicia el escritor
latinoamericano, o más bien, a medida que comience a
rectificarse la injusticia que ha pesado sobre él, una amenaza
puede surgir, un peligro endiabladamente sutil. Las mismas
sociedades que exilaron y rechazaron al escritor, pueden pensar
ahora que conviene asimilarlo, integrarlo, conferirle una especie
de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras
sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es
fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la
razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y
la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la
sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la
creación artística y elimina de una vez por todas a ese
perturbador social que es el escritor o admite la literatura en
su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un
perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que
irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo
permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las
cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y
seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es
capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con
la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar
realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo
de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias,
vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de
insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza.
Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada,
díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será
nunca conformista.
Sólo si cumple esta condición es útil la literatura a la
sociedad. Ella contribuye al perfeccionamiento humano impidiendo
el marasmo espiritual, la autosatisfacción, el inmovilismo, la
parálisis humana, el reblandecimiento intelectual o moral. Su
misión es agitar, inquietar, alarmar, mantener a los hombres en
una constante insatisfacción de sí mismos: su función es
estimular sin tregua la voluntad de cambio y de mejora, aun
cuando para ello daba emplear las armas más hirientes y nocivas.
Es pretiso que todos lo comprendan de una vez: mientras más
duros y terribles sean los escritos de un autor contra su país,
más intensa será la pasión que lo una a él. Porque en el
dominio de la literatura, la violencia es una prueba de amor.
La realidad americana, claro está, ofrece al escritor un
verdadero festín de razones para ser un insumiso y vivir
descontento. Sociedades donde la injusticia es ley, paraíso de
ignorancia, de explotación, de desigualdades cegadoras de
miseria, de condenación económica cultural y moral, nuestras
tierras tumultuosas nos suministran materiales suntuosos,
ejemplares, para mostrar en ficciones, de manera directa o
indirecta, a través de hechos, sueños, testimonios, alegorías,
pesadillas o visiones, que la realidad está mal hecha, que la
vida debe cambiar. Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años
habrá llegado, a todos nuestros paises como ahora a Cuba la hora
de la justicia social y América Latina entera se habrá
emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la
explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero
que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de
una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el
socialismo nos libere de nuestro anacronismo y nuestro horror.
Pero cuando las injusticias sociales desaparezcan, de ningún
modo habrá llegado para el escritor la hora del consentimiento,
la subordinación o la complicidad oficial. Su misión seguirá,
deberá seguir siendo la misma; cualquier transigencia en este
dominio constituye, de parte del escritor, una traición. Dentro
de la nueva sociedad, y por el camino que nos precipiten nuestros
fantasmas y demonios personales, tendremos que seguir, como ayer,
como ahora, diciendo no, rebelándonos, exigiendo que se
reconozca nuesto derecho a disentir, mostrando, de esa manera
viviente y mágica como sólo la literatura puede hacerlo, que el
dogma, la censura, la arbitrariedad son también enemigos
mortales del progreso y de la dignidad humana, afirmando que la
vida no es simple ni cabe en esquemas, que el camino de la verdad
no siempre es liso y recto, sino a menudo tortuoso y abrupto,
demostrando con nuestros libros una y otra vez la esencial
complejidad y diversidad del mundo y la ambigüedad
contradictoria de los hechos humanos. Como ayer, como ahora, si
amamos nuestra vocación, tendremos que seguir librando las
treinta y dos guerras del coronel Aureliano Buendía, aunque,
como a él, nos derroten en todas.
Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los
profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o
inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los
insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del
diablo. No sé si está bien o si está mal, sólo sé que es
así. Esta es la condición del escritor y debemos reivindicarla
tal como es. En estos años en que comienza a descubrir, aceptar
y auspiciar la literatura, América Latina debe saber, también,
la amenaza que se cierne sobre ella, el duro precio que tendrá
que pagar por la cultura. Nuestras sociedades deben estar
alertadas: rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el
escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los
hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y
tormentos.
Otorgándome este premio que agradezco profundamente, y que he
aceptado porque estimo que no exige de mí ni la más leve sombra
de compromiso ideológico, político o estético, y que otros
escritores latinoamericanos con más obra y más méritos que yo,
hubieron debido recibir en mi lugar -pienso en el gran Onetti,
por ejemplo, a quien América Latina no ha dado aún el
reconocimiento que merece- demostrándome desde que pisé esta
ciudad enlutada tanto afecto, tanta cordialidad. Venezuela ha
hecho de mí un abrumado deudor. La única manera como puedo
pagar esa deuda es siendo, en la medida de mis fuerzas, más
fiel, más leal, a esta vocación de escritor que nunca sospeché
me depararía una satisfacción tan grande como la de hoy.
Fragmentos
del libro "Diálogo con Vargas Llosa. Por Ricardo A.
Setti" (1988)
RAS = Ricardo
A. Setti; MVLL = Mario Vargas Llosa
Págs. 147-150
UNA PROPUESTA OFENSIVA
RAS: En esa campaña [de desprestigio por haber renunciado
a su posición en el Comité Editorial de la Casa de las
Américas en Cuba] usted fue acusado de haberse comprometido
a donar el dinero recibido del premio literario Rómulo Gallegos,
en 1967, al fondo de guerrilla del Che Guevara y que, por el
contrario, había comprado una casa. ¿Cómo fue ese episodio?
MVLL: Eso es uno de los episodios que precedió a mi
distanciamiento con Cuba. A mí me comunicaron un día en París
que yo estaba entre los finalistas del premio Rómulo Gallegos.
Mi editor, Seix Barral, de Barcelona, había presentado
mi novela La Casa Verde a este premio sin que yo lo
supiera. Yo tenía una relación muy estrecha con la revolución
cubana en ese tiempo y cometí el error -aunque al final resultó
totalmente positivo haberlo hecho- de decirle a Alejo Carpentier,
que era el agregado cultural de Cuba en París, que yo quería
conocer la opinión de Cuba sobre este premio, porque había la
posibilidad de que me lo otorgasen.
RAS: ¿Y entonces qué pasó?
MVLL: Yo regresé a Londres, donde vivía, y pocos días después
recibí una llamada telefónica de Alejo Carpentier, diciéndome:
"Tengo que ir a Londres para hablar contigo, porque recibí
un mensaje para ti que debo comunicarte personalmente".
Agregó: "Voy en la mañana para poder regresar en la
tarde". Entonces fue a verme a Londres, con mucho secreto.
Era la primera vez que iba a Inglaterra. Lo fui a buscar al
aeropuerto, fuimos a almorzar en un restaurante en Hyde Park, y
entonces sacó una carta de Haydée Santamaría. Era una carta no
para que yo la tuviera, sino para que yo la oyera. Era una carta
de Haydée Santamaría a Alejo Carpentier para que él me la
leyera a mí. Para que no quedaran pruebas, que no quedaran
huellas del episodio. Y en esa carta, Haydée Santamaría -era
una carta que probablemente no había sido escrita por ella,
porque Haydée no hubiera podido escribir así; pero sospecho
más o menos quién pudo haberla escrito- decía, entre grandes
elogios a mi obra, que el premio Rómulo Gallegos me daba la gran
oportunidad de hacer un gran gesto a favor de la revolución en
América Latina, y que ese gesto debía consistir en lo
siguiente: hacer un donativo al Che Guevara, que estaba en ese
momento no se sabía dónde. Si yo lo hacía, ello tendría una
gran repercusión en América Latina.
Hasta allí muy bien; pero entonces venía una parte que a mí me
ofendió mucho. La carta continuaba diciendo que
"naturalmente nosotros comprendemos que un escritor tiene
necesidades", y por consiguiente "esto no significa que
usted tenga que perjudicarse por esta acción; la revolución le
devolverá a usted el dinero discretamente, sin que esto se
sepa". Le dije a Alejo Carpentier: "Alejo, mira, esta
es una cosa que es muy ofensiva. ¡Tú imagínate lo que Haydée
me propone! Que yo haga la farsa de, primero, recibir el premio.
Luego, irme de Caracas a La Habana, donde vamos a montar una
farsa extraordinaria donde voy a aparecer como un héroe que dona
25 mil dólares a la revolución. Y luego me vengo a Londres, y
la embajada cubana, discretamente, me devuelve mis 25 mil
dólares. O sea, yo, un farsante, actuando realmente con una
duplicidad extraordinaria. Le digo entonces a Carpentier:"
¿Cómo puede Haydée hacerme una propuesta semejante? Es una
cosa que a mí me ofende muchísimo. Si a mí me dicen: 'Dónenos
usted el premio', yo sabré si lo dono, o no lo dono. Pero que no
me digan: 'Haga la farsa de donar el premio, porque usted no
perderá nada, se va a quedar con la plata'. Eso no es la manera
de tratar a un escritor que tiene respeto por su trabajo".
RAS: ¿Y cuál fue la reacción de Alejo Carpentier?
MVLL: Entonces Alejo Carpentier -que era muy cínico, un gran
escrito, pero un hombre muy cínico, un funcionario del Gobierno-
me dijo [cambiando la entonación de la voz]:
"Mira, no, eso no se lo voy a decir a Haydée así, porque
no conviene que tú te pelees con la revolución... Vamos a decir
que tú no puedes hacer eso, que te parece que no, que más bien
vas a hacer algún gesto después..."
RAS: ¿Y cómo terminó el episodio?
MVLL: Yo fui a recibir el premio y pronuncié un discurso en el
que hablé de Cuba, tomé unas distancias con el gobierno de
Venezuela [que había instituido el premio y, en esa época,
estaba enemistado con Cuba], e hice un elogio a la
revolución cubana. Recibí después una carta de Haydée, una
carta muy cariñosa, diciendo que me felicitaba por el
"grito de Caracas" [irónico]. De cualquier
manera, ya todo eso creó un distanciamiento, un enfriamiento.