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Literatura George Orwell y 1984, su obra tergiversada
George Orwell ejemplifica el caso de aquellos escritores que alcanzan
la fama después de muertos. Pero esta reivindicación respecto a quienes lo
criticaron, como dice su biógrafo Christopher Hitchens, ha sido absoluta pues
Orwell se atrevió a hablar de lo que realmente había detrás del realismo
socialista mientras sus colegas guardaban silencio cómplice. Pero la figura
de Orwell va mucho más allá de esta proyección que tuvo hacia el futuro; se
trata de un escritor que publicó lo que pensaba, no lo que sus colegas
querían que defendiera. en este caso la URSS. Sin embargo la
malinterpretación de los textos de Orwell sigue: en algunas universidades
norteamericanas y europeas suele ubicarse a 1984 como una novela que
denuncia el corporativismo capitalista, algo totalmente alejado del propósito
original de esta obra máxime cuando en ningún momento de la novela nadie se
ve obligado a comprar siquiera un dulce y, en cambio, es posible ver escenas
que fueron comunes en los países comunistas y que en Cuba cada rato organiza
el Líder Máximo --como esas "tribunas antiimperialistas"-- o que
difieren muy poco a las que el Gran Hermano llamaba "los dos minutos de
odio". 1984 tiene cierto carácter virulento donde el
protagonista no pierde la cordura, algo que reflejaba la salud de Orwell al
momento de escribir su obra pues su cuerpo estaba carcomido por la
tuberculosis; de hecho murió poco después de haberla entregado a su editor.
Mientras en el mundo real de la posguerra veía cómo la URSS acrecentaba su
poder, devoraba países y humillaba a Occidente, 1984 fue vista como una
crítica a la Unión Soviética y todo lo que representaba aunque, obviamente,
la intelligentsia servil a Moscú trataba de desmentir a cada momento
y, curioso, criticaba al libro como "reaccionario". Sin embargo
Orwell quedó reivindicado y seguramente sonrió donde quiera que se encuentre
cuando cayó el Muro de Berlín tras lo cual quedó completamente claro que
lejos de toda ficción, todo lo descrito en 1984 era apenas un asomo a lo que
ocurría en Europa Oriental y hoy sucede en Cuba, donde la sujeción de las
masas haría feliz al Gran Hermano de Orwell. Aunque Animal Farm y
1984 son las únicas novelas de Orwell, en realidad el escritor se
enfocaba más en los ensayos, como aquel que trata sobre el doble lenguaje que
se da al inglés y que vendría a ser la semilla del neohabla que vemos
en 1984. Así, las llamadas "purgas" del estalinismo, que no
eran otra cosa que el asesinato de millones de inocentes, difieren poco al
Ministerio del Amor --donde realmente se aplican torturas-- y al Ministerio
de la Verdad y de donde salen las mentiras que convienen al Estado y que
también se empleó con la mayor desfachatez al nombrar República Democrática
Alemana a un país que, primero, jamás realizó elecciones libres entre
candidatos de distintos partidos con lo cual carecía de todo sentido
republicano y, segundo, la ausencia total de democracia. Orwell fue también hombre
de acción: se fue de voluntario durante la guerra civil española donde,
aparte de haber sufrido una grave lesión física, sufrió otra herida igual de
dolorosa, la ideológica, al comprobar que detrás de aquellos individuos que
aparentemente habían arrancado las cadenas a Rusia se escondían individuos de
peligrosas tentaciones autoritarias capaces de traicionar a sus compañeros
sin el menor remordimiento. De aquellos momentos quedó su libro Cartas
desde Cataluña donde Orwell recalca lo incompatible que eran sus
convicciones e integridad con la brutalidad del régimen soviético el cual,
inexplicablemente, era defendido por gente que se decía amante de la libertad
y enemiga del totalitarismo. Pero quizá el máximo mérito
de Orwell haya sido el decir lo que pensaba y de haber denunciado a un
sistema en momentos en que sus colegas preferían callar pese a las evidencias
cada vez más fuertes en torno a la URSS: bajo el argumento de "no darle
armas al enemigo", escritores como John Dos Passos y Ernest Hemingway
optaron por el silencio ante las atrocidades. (De hecho Dos Passos finalmente
se desilusionó poco después cuando José Robles, su traductor oficial en España,
fuera secuestrado y denunciara el hecho, lo cual le valió la ira de
Heminghway --quien comparaba a Stalin como un buen toro de lidia--, todo esto
mientras Orwell también recapacitaba y reposicionaba sus ideas. El
albor de las dos novelas
Una vez que Alemania
invadió a Polonia y con ello rompía su alianza con la URSS, la
intelligentsia occidental, tan silenciosa ante el nazismo, nuevamente
volvió a su discurso habitual pero no por haber sufrido súbitos
remordimientos sino porque esa era la nueva línea de Moscú. En adelante
emplearon sus plumas y máquinas de escribir para atacar al autoritarismo del
régimen nazi aunque jamás se les ocurrió criticar al régimen estalinista que
también encarcelaba a los disidentes, realizaba labores de genocidio y sometía
a los sindicatos. La denuncia de esa doble moral le ganaría a Orwell la
antipatía entre muchos de sus colegas. Luego de publicar decenas
de artículos al respecto Orwell optó por explotar el campo de la novela para
llegar a un público más amplio. Así nació Animal Farm, una fábula que
abordaba, con magistral ironía, lo que sucedió detrás de la aparente utopía
soviética y que es ejemplificada con la célebre frase "todos los
animales son iguale pero unos son más iguales que otros". El
protagonista es el cerdo Napoleón, un agitador que logra despojar de su
granja y echar fuera a Mr. Jones para convertirla en un sitio más justo
"donde nadie más comería del hambre d de los demás", le sigue un
trabajo de adoctrinización hasta que surgen discrepancias entre Napoleón y
Snowball, quien es obligado a huir de la granja. Los críticos de Animal Farm
supieron de inmediato a quién se refería Orwell; Napoleón era Stalin y
Snowball Trostky. Pero ante lo evidente de las acusaciones, los círculos
literarios optaron por ignorar a Animal Farm. Durante ese tiempo su
autor se dedicó a escribir más artículos periodísticos y a participar en
programas radiofónicos de la BBC. Pero su salud iba empeorando; tras el final
de la Segunda Guerra Mundial y cuando la URSS se veía más poderosa que nunca,
Orwell escribió su última novela que prácticamente habría de inmortalizarlo. 1984 es una novela que describe hasta dónde pueden
llegar los excesos del totalitarismo cuando el Estado controla, ya sin ningún
límite, el destino de las personas, sus prioridades y aun su vida sexual,
todo al servicio del Hermano Mayor, a quien Orwell describe como un rostro
bigotudo. El protagonista es Winston Smith, un personaje anónimo quien conoce
a Julia, una miembro el partido quien aparentemente tiene tendencias
disidentes. Gracias a esta conoce a O'Brian, otro conspirador para quien el
estado de cosas no podrá soportar mayor tiempo. Finalmente Smith es
traicionado por ambos y sometido a una terapia de "reeducación"
hasta que, como cierra la novela " también ya amaba al Hermano
mayor". Miles de ejemplares de 1984 comenzaron a circular clandestinamente en Europa Oriental con idéntica reacción entre quienes leían la novela pues Orwell había descrito con escalofriante exactitud cómo era la vida en los países comunistas, algo remarcable pues Orwell jamás pisó uno. Entre todos esto quizá
Orwell debió haber sido más exacto en su apreciación de las telepantallas,
que se han utilizado hasta el hartazgo por buena parte de la intelligentsia
para ubicar la como una consecuencia de la sociedad de consumo, tontería
mayúscula si asumimos que la intención de Orwell era denunciar el
autoritarismo de Estado. Para estos catedráticos e intelectuales, Smith era
un zombie al servicio de la economía de mercado, aseveraciones que no han
cesado aun tras la caída del Muro y que dejó más que claro el por qué Orwell
había escrito estas dos novelas y quiénes eran sus símiles en la vida real. Pero Orwell tampoco era, refiere Hitchens, un procapitalista, pues dejó escrito "No puedo ubicarme en otros espectro que no sea el socialismo. Esta ha sido mi convicción y viviré en ella hasta el final". El escritor consideraba que el Estado era el único capaz de conseguir la igualdad social y el desarrollo mediante un papel rector; desconfiaba de los empresarios privados a quienes veía como seres centrados en el lucro al cual antepondrían a su responsabilidad social. En tal sentido Orwell coincide con
Lord Keynes. Y aunque la historia nos ha demostrado que el Estado, lejos de conseguir
la igualdad social la agudiza. Debemos recordar que, cuando Orwel escribe sus
novelas, el keynesianismo era visto como una opción viable que había demostrado
ciertos logros en Estados Unidos pues el New Deal tenía evidentes basamentos
keynesianos, aunque sería difícil anticipar cuál habría sido el resultado sin
haberse cruzado la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.
Lo que diferencia a Orwell de otros escritores socialistas fue que era
congruente y cuya integridad no dejó que fuera sacudida por los veleidosos
dictados del Kremlin que habían hipnotizado a sus colegas. Ese fue otro de
sus grandes méritos. |