EXPIRABLANDO
Siento esta noche
heridas de muerte
las palabras.
Rafael Alberti
Acabo de lavarme la cara para despabilarme un poco porque hace apenas cinco minutos que me desperté. Estuve dándole charla toda la noche, es agotador, se me acaban los temas, ya no sé de qué hablar; pienso que mis horas están contadas, que me quedan pocas. Siempre creí que mis horas estaban contadas, pero siempre me pareció que la última estaba muy lejana, que eran tantas las horas que tenía por delante que sumaban meses, años... ahora no, ahora siento que estoy llegando a la última, ya se me acaban las palabras... y eso que nunca me faltaron, aunque ahora empiezo a sospechar que uno está lleno de palabras mientras no las usa, y que a medida que las usa se va quedando sin ellas; yo leo y escucho todo lo que puedo, tal vez esa es la forma de adquirir más palabras, pienso, pero me parece que no, que no da resultado, para mí que uno nace con un paquete de palabras metidas entre las células, y cuando las células se ponen viejas y van muriendo adiós palabras; ya sé que si dijera esto en público se reirían de mí, qué imbécil, dirían, cómo puede creerse esa idiotez, y cómo saben las células en qué idioma va a hablar el recién nacido cuando crezca, y si resulta que es hijo de orientales y por esas cosas que pasan termina siendo educado por unos alemanes ¿qué?, a ver cómo lo explica, dirían, cómo se hace para que un niño cambie su archivo natural de palabras, ¿le meten un diccionario traductor bajo la piel?, ¡imbécil!, dirían, las pavadas que hay que oír; pero no, yo no digo eso, no digo que adentro de uno vengan las palabras ya formadas, digo que tal vez, solo tal vez, lo que uno tiene incorporada es la capacidad para articular una cantidad finita de sonidos, sonidos que se combinarán para formar las palabras que uno aprenda, no importa en qué idioma, y que esa capacidad para articular sonidos es limitada; y creo también que todos lo intuimos, que sabemos que nuestra capacidad es limitada, que cuando se nos termina ¡zas!, no va más, es el fin, pero la mayoría no puede soportar el silencio, el silencio los abruma, entonces hablan, hablan como quien fuma, o como quien se droga, sabiendo que los va matando de a poquito y haciendo como si lo ignoraran, ¡estúpidos!, pero algunos no, algunos somos callados, y vivimos más, creo; yo soy callado por naturaleza, prefiero el silencio, y en el peor de los casos prefiero escuchar, y sin embargo ahora siento que es preciso que hable, que en ello me va la vida, pero no como lo creí siempre sino al revés; sé que estoy planteando que si hablo mucho moriré más rápido y que luego digo que moriré pronto si no hablo, es paradójico, me doy cuenta, y que no se me diga que moriré de todos modos, como cualquier ser vivo, porque también lo sé, es que lo paradójico se refiere al tiempo de vida que podría quedarme, y en mi situación actual siento que si no hablo moriré en poco tiempo. Solo espero que las palabras que escribo no me jueguen en contra, que mientras no las pronuncie no se gasten, porque entonces sí me queda poco. Aunque no sé, porque si realmente me recargo de palabras cuando leo, casi sería lógico que las perdiera al escribirlas. Pero fumo, y si acepto el riesgo de matarme de a poquito fumando por qué no he de aceptar el de perder mis palabras escribiendo, después de todo, son mis palabras, y es mi vida la que está en juego. Pero Ella no me deja opción, Ella me obliga, me obliga a hablar y hablar, no importa de qué, es como si le gustara mi voz, sí, debe de ser eso, le debe de gustar mi voz, porque estoy seguro de que la historia en sí le da lo mismo, Ella quiere escucharme, que mis palabras le sirvan de arrullo; tiene que ser así porque después de estar horas escuchándome se duerme, claro que también podría ser que se aburriera, pero no me parece, a mí me parece que mientras le charlo la estoy acunando, que es como leerles cuentos a los chicos para que se duerman, Ella me escucha, me escucha... nunca dice nada, a lo sumo una interjección, un gesto, a veces una mueca, pero ni una palabra, por eso es tan vieja la muy canalla, no habla, no se muere nunca, me hace hablar a mí, debe de ser que oyéndome rejuvenece, por eso me obliga, es su vida o la mía. Pero mejor no sigo, es un argumento peligroso, si no lo interrumpo enseguida voy a terminar comprendiéndola y hasta la voy a perdonar, y eso por ahora está fuera de mis planes; nada, pienso resistir, bastante me incomoda con su presencia, que se conforme con eso. Que se conforme con haberme molestado desde el principio, bastante la tolero ¿o acaso yo la invité? No, no la invité, apareció sin tarjeta de visita el mismo día que mi psiquiatra se sonrió compadeciéndome y me dijo no se preocupe, hombre, usted está enfermo pero de eso no se muere nadie, quédese tranquilo, se lo firmo si quiere: 'nadie se muere de amor', pero yo no le creo, nunca le creí, para mí que trataba de consolarme, es un buen tipo pero un mal médico, yo le rogué y le rogué pero hasta ahora no fue capaz de curarme; el tiempo, me dice, solo el tiempo puede hacer ese milagro, y no es del todo confiable no quiero engañarlo, a veces se empecina y la enfermedad se agrava, entonces Ella apareció al toque y yo estoy cada día peor; sí que usó bien el tiempo la muy canalla, me vio aflojar un poquito y ahí se plantó, ni una palabra, pero en los sueños uno entiende sin que le expliquen, dale, contáme algo, me dice sin palabras, lo que vos quieras, pero contáme algo, es el precio que tenés que pagar, y así cada noche; yo que nunca he sufrido de insomnio tengo miedo de dormirme, sé lo que me espera, hablar y hablar, una palabra y otra y otra, hasta que se duerme; solo entonces me despierto. Pero ¿hasta cuándo? me pregunto, ¿cuánto más podré pensar si me estoy quedando vacío? Siento que me quedo sin palabras, sin vida, y estoy seguro de que cuando ya no pueda arrullarla, cuando ya no pueda hacerla dormir contándole una historia, habrá llegado mi fin.
Vivi de San Cristóbal
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