GARGANTÚA
Autor: Francois Rabelais (1483-1553) 

(Alianza Editorial , Madrid, 1992.
Traducción y notas de Camilo Flores Varela)

Capítulo XIII
De cómo reconoció Grangaznate, por la invención de un limpiaculos, la inteligencia maravillosa de Gargantúa.

Hacia finales de su quinto año, Gargantúa fue visitado por su padre Grangaznate, que regresaba de destruir a los ganarrios. Y regocijóse tanto como pueda hacerlo un padre así al ver a un hijo suyo así; luego, al tiempo que lo besaba y abrazaba, interrogábalo sobre algunos asuntillos pueriles de varia suerte. Y bebió mano a mano con él y sus ayas, a las cuales preguntaba con gran tiento, entre otras cosas, si lo habían mantenido blanco y limpio. A lo que respondió Gargantúa que ya él había dado órdenes para que en todo el país no hubiese muchacho más limpio que él.

-¿Y eso cómo? -dijo Grangaznate.

-He inventado -contestó Gargantúa-, tras luenga y curiosa experiencia, el medio más señorial, más excelente, más expeditivo que jamás se viera para limpiarme el culo.

-¿Cuál es? -intervino Grangaznate.

-El que os voy a contar ahora:

Me limpié una vez con el rebozo de velludo de una doncella y hallélo bueno, pues la molicie de su seda me causaba en el fundamente una voluptuosidad muy grande;

otra vez con una caperuza de las de ellas, y fue lo mismo;

otra vez con una bufanda;

otra vez con unas orejeras de raso carmesí, mas los dorados de un montón de esferas de la mierda que tenían desolláronme todo el trasero. ¡Mal fuego de San Antonio le queme la tripa cular al orfebre que las hizo y a la doncella que las llevaba!

Este dolor pasó limpiándome con un gorro de paje bien emplumado a la suiza.

Después, haciendo de vientre detrás de unas matas, encontré un gato marzal y limpiéme con él, mas exulceráronme sus zarpas todo el perineo.

De eso curé al día siguiente, limpiándome a los guantes de mi madre, bien perfumados con aromas de Conejera.

Después me limpié con salvia, con hinojo, con eneldo, con mejorana, con rosas, con hojas de calabaza, con repollo, con remolacha, con pámpanos, con malvavisco, con verbasco (que deja el culo escarlata), con lechugas, con hojas de espinaca (todo lo cual hízome mucho bien para la pierna), con mercurial, con hojas de alberchiguero, con ortigas, con consuelda, más agarré una cagalera lombarda de la que curé limpiándome a la bragueta.

Después me limpié a las sábanas, al cobertor, a las cortinas, a un cojín, a una alfombra, a un tapiz verde, con un paño de cocina, con una toalla, con un pañuelo, con un peinador. Con todo sentí más placer que un sarnoso cuando lo rascan con una almohaza.

-Bien, pero ¿cuál de esos limpiaculos te pareció el mejor?

-En ello estoy -dijo Gargantúa-, y pronto sabréis el tu autem(1). Limpiéme con heno, con paja, con estopa, con borra, con lana, con papel. Mas

Deja siempre en sus cojones documento
quien con papel se limpia el fundamento.

-¡Cómo, cojonudito mío! -intervino Grangaznate-, ¿le has pegado a la bota para pegarle ya a las rimas?

-Claro que sí, mi rey y señor, rimo tanto y más; y, al rimar, a veces se me arrima un catarro. Escuchad lo que a los que están ensuciando cuentan nuestras coplas:

Cerdo cagajoso,
pedorro de mierda, 
tus tocinos pringosos
de cisco nos llenan, 
cochino cotroso.
¡Mal fuego te prenda, 
marrano asqueroso, 
si al punto de acabar,
dejas el culo de limpiar!

-¿Queréis que siga?

-Sí, claro.

-Entonces -dijo Gargantúa- escuchad este rondel:

Cagando, sentí, un día de enero, 
la sucia renta que al culo debo,
mas su olor no fue el esperado, 
pues quedé de cisco perfumado.
¡Ojalá alguien hubiera acertado
a traerme a ésa que yo espero,
cagando!

Entonces le habría yo atorado
con el as de bastos el úrico agujero;
ella mientras tanto con el dedo
me habría el ojal de mierda preservado,
cagando.

¡Decid ahora que no sé nada! Por la mar de tal, no las he hecho yo, pero, al oírselas recitar a esa dueña mayor que ahí veis, las he retenido en el morral de mi memoria.

-Volvamos a nuestro asunto -dijo Grangaznate.

-¿A cuál? ¿Cagar? -preguntó Gargantúa.

-No, a lo de limpiarse el culo.

-¿Pagaréis un bocoy de vino bretón si os dejo pasmado hablando de ese asunto?

-Ciertamente sí -asintió Grangaznate.

-Sólo es necesario -continuó Gargantúa- limpiarse el culo si hay inmundicia; no puede haber inmundicia si no se ha cagado; luego es menester cagar antes, para limpiarse el culo.

-¡Oh, qué muchachito tan listo! -exclamó Grangaznate-. Uno de estos días mandaré que te hagan doctor en Gaya Ciencia, ¡por Dios!, pues tienes más razón que años. Pero sigue con tu discurso limpiaculosófico, por favor. Y, ¡por mis barbas!, en vez de un bocoy recibirás sesenta pipas, entiéndase de ese buen vino bretón, que no crece en Bretaña, sino en el buen país de Verrón.

-Limpiémelo después -continuó Gargantúa- con una toca, con una almohada, con una chinela, con un morral, con un cesto -mas es por cierto un limpiaculos muy desagradable-, después con un sombrero. Y tened en cuenta que, en cuestión de sombreros, los hay con pelo, los hay sin pelo, los hay de velludo, de tafetán, de raso. El mejor de todos es el de pelo, porque hace muy buena abstersión de la materia fecal.

Después me limpié con una gallina, con un gallo, con un pollo, con la piel de un becerro, con una liebre, con un pichón, con un cormorán, con un bolso de abogado(2), con una muceta, con una cofia, con un señuelo.

Mas en conclusión digo y mantengo que no hay limpiaculos mejor que un gansito de fino plumón, con tal que se le sujete la cabeza entre las piernas. Creedme por mi palabra de honor. Pues sentís en el agujero del culo una voluptuosidad mirífica, tanto por la suavidad de su plumón como por el calor templado del propio ganso; voluptuosidad que se comunica fácilmente a la tripa cular y demás intestinas, hasta llegar a las regiones del corazón y del cerebro. Y no penséis que la bienaventuranza de los héroes y semidioses que están en los Campos Elíseos consista en su asfódelo, ambrosía o néctar, como dicen por aquí las viejas. Según mi opinión, es debida a que se limpian el culo con un gansito, y tal es también la opinión de Micer Juan de Escocia.


(1) Así comienza el versículo que se decía al final de la lectura de cada texto sagrado. La expresión significa 'pronto sabréis la conclusión'.