EL DRAGÓN SE MUERDE LA COLA

Mi madre tenía un dragón de oro y rubíes que solía esconderse entre las flores de sus vestidos a acechar el enigma de la seducción. Mi abuelo lo había encontrado vagabundeando en un jardín y fascinado por el susurro hechicero de su belleza decidió llevarlo a vivir a casa. Había entrado en la sala con el dragón oculto en un bolsillo de la chaqueta y al inclinarse para saludar a uno de los niños el animal saltó a la alfombra y fue descubierto por mi madre, y ella se sintió tan turbada por el fulgor silente de sus ojos de gema que mi abuelo hubo de regalárselo. Durante años mi madre y el dragón fueron inseparables, pero una noche lo llevó a una fiesta y al entregar el abrigo en el guardarropa olvidó retirarlo de la solapa, y al final de la velada descubrió con amargura que su preciado amigo no la esperaba. Quizá se sintió abandonado y escapó, o se soltó del abrigo y cayó al suelo y al saberse perdido salió al jardín, tal vez con la esperanza de ser reencontrado por mi abuelo, tal vez deseando ser adoptado por otro amante de lo exótico, para volver a perderse y que un día como este, alguien como yo, escriba "Mi madre tenía un dragón de oro y rubíes...".

Vivi de San Cristóbal

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