UNA MELUSINA
Hace muchísimos años, cuando los elementales mantenían trato con los hombres, vivía en Bretaña un caballero llamado Geoffrey; era rico y poderoso, sus vasallos lo respetaban porque era un hombre justo y se consideraban afortunados de trabajar desde el amanecer hasta vísperas para que en las tierras de su señor no faltara nada que fuera menester. Sus campos verdecían cada primavera; los cultivos, cuidados con esmero, mantenían los graneros de su comarca siempre bien provistos; las ovejas estaban sanas y bien alimentadas y parían cada temporada gordos corderitos, contribuyendo a la riqueza del señor y al bienestar de los rústicos. Este caballero era muy estimado por sus vecinos; valiente y cortés y con modales de persona bien nacida, sus opiniones y consejos en las juntas eran escuchados con respeto, pues siempre eran prudentes y atinados, dado que él no perdía jamás el norte, que era la justicia y la grandeza y, por sobre todas las cosas, el honor. Pero los hombres y mujeres de sus tierras tenían una preocupación permanente: su señor no tomaba esposa, y si moría sin dejar herederos su futuro no ofrecía seguridad; por esto fue que los más ancianos se reunieron a deliberar y por último le pidieron en nombre de todos sus vasallos que se casara y asegurara la sucesión.
Sir Geoffrey, que hasta ese tiempo había disfrutado todas las ventajas de su soltería, entendió que la petición de su pueblo era justa y les prometió que buscaría una dama noble para hacerla su señora; los campesinos, que conocían que su señor jamás faltaba a la palabra dada, bailaron de alegría y comenzaron a festejar, en tanto Sir Geoffrey recorría las tierras de la región en busca de la mujer que sería su dama y su esposa.
Un atardecer en que atravesaba un bosque oyó una melodía entonada por una deliciosa voz femenina y se acercó con sigilo al lugar de donde procedía el sonido. Al llegar a un claro del bosque vio una fuente y a una dama de incomparable belleza que estaba sentada en el borde, en apariencia entretenida en peinar sus largos cabellos con un peine de oro, mientras contemplaba su imagen en un espejo que sostenía con la mano izquierda. Estaba por completo desnuda. El podía admirarla en toda su resplandeciente hermosura, excepto que no le veía los pies, pues ella los mantenía sumergidos jugando con el agua. Sir Geoffrey procuró que la dama no advirtiera su presencia, porque estaba seguro de que se indignaría al saber que había contemplado su desnudez, y se mantuvo oculto en la floresta. Encantado como estaba, para su mayor sorpresa oyó que ella decía:
- Acércate, Sir Geoffrey, hace tiempo que te estoy esperando, y además no es de caballero estar espiando a una señora...- y mientras esto hablaba iba vistiéndose con un larguísimo manto de púrpura verde que le cubría hasta los pies y salía del agua. Sir Geoffrey se acercó, asombrado de que ella hubiera percibido su presencia y de que conociera su nombre. Se disculpó como convenía a las circunstancias y le preguntó quién era y dónde vivía, pues conocía palmo a palmo su comarca y no comprendía cómo no la había visto nunca antes. Ella solo le dijo que se llamaba Guillem y que había llegado de muy lejos, de las tierras de Hispania, y agregó:
- Sé que estás buscando una esposa y que mmi belleza te ha causado gran impresión. Puedo hacerte feliz. Si te casas conmigo seré una esposa fiel y complaciente, y te daré muchos hijos fuertes y hermosos. Pero deberás hacerme una promesa...
Sir Geoffrey, cuya imaginación no podía concebir una mujer más perfecta, quiso conocer la condición sin demora, seguro de que la aceptaría cualquiera fuera, porque se hubiera sometido a todo lo que ella le pidiera con tal de poseerla. Amor se había adueñado de su corazón y no había precio que pudiera parecerle demasiado elevado. Entonces dijo la dama:
- Nunca verás mi cuerpo entero desnudo. Sii lo haces, me perderás.
El aceptó de inmediato. Después de todo, pensó, ya había visto su esplendorosa desnudez, y si bien no comprendía el motivo de tan caprichoso requerimiento, no sospechaba que hubiera engaño alguno. Las mujeres, pensó, desde siempre habían gustado de las intrigas y del misterio. Luego fijaron el tiempo para la boda, que se celebraría tres días más tarde; él volvería a buscarla en la hora tercia de la fecha establecida. Se besaron como prometidos y el caballero volvió a su castillo sintiendo que era un hombre feliz aun más allá de lo posible.
Todo sucedió según lo convenido. Nada contaré del banquete ni de la fiesta de bodas, que se celebró con la pompa y la magnificencia apropiadas para un acontecimiento de tan grande importancia. Solo diré que el matrimonio vivió en armonía durante largo tiempo. La esposa era buena y pulcra, y cuidaba del hogar y de los niños que, tal como había prometido, eran sanos, robustos y bellos. Sin embargo era un poco extravagante: nunca salía al aire libre antes del amanecer; comía únicamente pan, tocino y cuajada y solo bebía agua, sidra y leche recién ordeñada; además, lavaba la ropa por las noches y dormía con las botinas puestas; aunque lo más exasperante para Sir Geoffrey era el espíritu de contradicción de su mujer: casi cada cosa que ella decía debía ser entendida exactamente al revés y para el completo desconcierto de su marido, también se contradecía en los hechos. En cierta oportunidad le había rogado al esposo que le permitiera ocuparse de la construcción de una iglesia y luego resultó que no quería ni oír hablar del sonido de las campanas, que se ponía furiosa cuando veía a un ministro de Dios, y que se negaba en redondo a hacer bautizar a sus hijos. Por cierto, su irreligiosidad y sus contrasentidos llegaron a ser proverbiales, pero aun así su castillo era un modelo de felicidad.
Los años transcurrían apacibles para Sir Geoffrey y su esposa, hasta que una mañana el caballero, que había pasado una mala noche, se disgustó por uno de los habituales enigmas verbales de que hacía abuso su mujer; y se encolerizó tanto con ella que comenzó a sacarle faltas, y entre los muchos argumentos que murmuraba para sí como en un zumbido se dijo que ya había tenido bastante paciencia con sus caprichos y que, dado que él era su señor, su esposo, el padre de sus hijos, tenía derecho a verla desnuda cuando lo deseara, y tomó la determinación de hacerlo. Solo le faltaba encontrar el momento adecuado, porque en realidad la amaba y no quería hacerle violencia, así que comenzó a acecharla.
En su afán de preservar la visión de su cuerpo desnudo ella se encerraba a solas con frecuencia y Sir Geoffrey, que había estudiado todos sus movimientos, decidió que lo menos incordioso sería espiarla mientras tomaba su baño. Así, una tarde, como a la hora nona, cuando su mujer se encerró en su recámara para cumplir con el rito de su higiene personal, Sir Geoffrey, que se había escondido detrás de un tapiz, se dispuso a observarla. Su esposa se quitó las ropas y se metió en la tina. Sir Geoffrey estaba maravillado: a pesar de que estaban casados desde hacía más de quince años ella no había envejecido en absoluto y aun cuando había tenido varios hijos conservaba la lozanía en plenitud y se mantenía bella y deseable. Esto lo colmó de placer y decidido como estaba a hacer las paces con su esposa, se dijo que bien valía la pena soportar sus contradicciones y pequeños caprichos, sabiendo como él sabía que era una madre abnegada y una esposa obediente, y además de inmarcesible hermosura. Se dijo también que no debía sentirse enfadado sino dichoso, pues era un hombre a quien Fortuna había favorecido. Y mientras la admiraba complacido se preguntaba por qué sería tan pertinaz en su empecinamiento de ocultar su cuerpo. A sus ojos, no había nada que pudiera merecer reparo, antes bien, él se enorgullecía de su espléndida perfección, y se entregaba al deleite de la contemplación de su dama: su cabello sedoso, rojizo, brillante; sus rasgos felinos, salvajes pero angelicales; el color cobrizo de su piel; sus senos siempre turgentes; sus brazos y piernas tan bien formados como los de una estatua de alabastro; y en tanto él la admiraba con tanto embeleso su esposa salió de la tina y caminó unos pasos por la habitación. Entonces pudo ver sus pies... El estupor paralizó a Sir Geoffrey. En ese preciso instante ella se convulsionó, todo su cuerpo fue un vivo alambre retorcido por el dolor, su rostro desencajado se volvió hacia el tapiz y sin necesidad de ver a su marido se supo descubierta.
- Te lo advertí -dijo-. ¡Has violado tu paalabra!- y sumergiéndose por completo en la tina, ante la desesperación de su esposo, desapareció para siempre.
La mujer era una lamia.
Vivi de San Cristóbal
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