DE LAS CARTAS MANUSCRITAS COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
Así como la pluma y el tintero fueron sentenciados a muerte por la aparición de las plumas fuente, y éstas agonizan lentamente en las escribanías desplazadas primero por las biromes y ahora por toda una gran variedad de "trazadores", una de las más antiguas formas escritas de comunicación, la carta manuscrita, ha muerto o está en trance de muerte con la invención del "imeil", uno de los tantos "progresos" de la electrónica.
Y digo "progresos" porque me pregunto si realmente lo son.
Es indudable que los "imeils" viajan a una velocidad que las cartas tradicionales no pueden igualar, y pueden ser de gran utilidad en algunos casos específicos, pero una carta personal que llega por medio de la computadora, con una tipografía estándar, con cada letra trazada en forma idéntica al modelo, a veces hasta con el margen derecho perfectamente alineado, y casi siempre sin firma, en fin, creo que de carta personal no tiene nada.
Porque ¿cuál es la marca personal del escribiente? ¿Cómo saber qué tipo de papel hubiera elegido, qué olor hubiera tenido ese papel, qué tipo de lápiz o lapicera hubiera usado, de qué color, cómo hubiera escrito el sobre?
¿Cómo intuir, observando la escritura, si el escritor estaba contento o triste, si estaba nervioso, si estaba apurado? ¿Cómo llevarse la carta tan esperada para releerla de camino al trabajo o al colegio? ¿Dónde está el encanto de una carta manuscrita que viaja hasta nosotros por mil caminos para develarnos sus secretos?
A mi entender, es discutible que un "imeil" sea un verdadero progreso: si vamos a enviar o recibir un mensaje personal, más que un progreso es una despersonalización. Y no me gusta, claro.
Y tampoco me gusta que para leer estos mensajes sea imprescindible que funcionen la electricidad, el teléfono y la computadora, ¡ah! y el servidor.
Pero al menos, con esto de la computación, algo tradicional ha resucitado: la vieja fórmula de cortesía S.S.S. vuelve a tener vigencia. Será un servidor informático, pero es un servidor al fin.
Y para terminar recuerdo un cuento de "Hortensia":
Una señora está en el cine y siente necesidad de ir al baño. Sale al pasillo y un poco avergonzada se dirige a la única persona que ve:
'-Perdone, caballero, ¿el tocador de señoras?'
Y el tipo le contesta:
'-Servidor, señora...'
Vivi de San Cristóbal
Buenos Aires, septiembre de 2000