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Gregorovius, agente de fuerzas heteróclitas, le había interesado una nota de
Morelli: "Internarse en una realidad o en un modo posible de una realidad,
y sentir cómo aquello que en una primera instancia parecía el absurdo más
desaforado, llega a valer, a articularse con otras formas absurdas o no, hasta
que del tejido divergente (con relación al dibujo estereotipado de cada día)
surge y se define un dibujo coherente que sólo por comparación temerosa con
aquél parecerá insensato o delirante o incomprensible. Sin embargo, ¿no peco
por exceso de confianza? Negarse a hacer psicologías
y osar al mismo tiempo poner a un lector -a un cierto tipo, es verdad- en
contacto con un mundo personal, con una vivencia y una meditación
personales... Ese lector carecerá de todo puente, de toda ligazón intermedia,
de toda articulación causal. Las cosas en bruto: conductas, resultantes,
rupturas, catástrofes, irrisiones. Allí donde debería haber una despedida hay
un dibujo en la pared; en vez de un grito, una caña de pescar; una muerte se
resuelve en un trío para mandolinas. Y eso es despedida, grito y muerte, pero,
¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a
descubrirse? Las formas exteriores de la novela han cambiado, pero sus héroes
siguen siendo los avatares de Tristán, de Jane Eyre, de Lafcadio, de Leopold
Bloom, gente de la calle, de la casa, de la alcoba, caracteres. Para un
héroe como Ulrich (more Musil) o Molloy (more Beckett), hay
quinientos Darley (more Durrell). Por lo que me toca, me pregunto si
alguna vez conseguiré hacer sentir que el verdadero y único personaje que me
interesa es el lector, en la medida en que algo de lo que escribo debería
contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo." Pese a
la tácita confesión de derrota de la última frase, Ronald encontraba en esta
nota una presunción que le desagradaba.
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